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Muchas personas, quizás la mayoría (con la posible excepción de lxs veganxs), dirían que la mejor manera de cortar la semana un miércoles sería juntarse a hacer un asado. Hasta hace unos pocos días, hasta yo mismo lo habría dicho. Hoy, puedo decir que una mejor alternativa es dejar que sean nuestras propias neuronas las que se cocinen a fuego lento. Lento, desértico, psicodélico y valvular.

 

Ya hemos insistido en crónicas anteriores que los géneros más cercanos a la psicodelia dentro de la música pesada encuentran en Córdoba terreno fértil – paradójicamente teniendo en cuenta el paisaje árido que muchas veces evoca su sonido – para florecer. Quizás desde ese lado pueda explicarse la gran convocatoria que tuvo un evento como el Xperimenta Festival en su fecha cordobesa, realizado en medio de la semana laborable y en un último mes del año donde muy pocxs se arriesgan a organizar este tipo de espectáculos, y también muy pocxs se arriesgan a gastar los pocos mangos que dejó este 2019. Pero claro, quizás la otra parte de la explicación esté en la tremenda calidad de las bandas que formaron parte.

Otro de los aciertos de lxs organizadores del festival, fue el de convocar a bandas que representan distintas vertientes dentro del macro-género que podríamos definir como “rock pesado psicodélico (fundamentalmente) instrumental”. Y la pequeña salvedad la hacemos porque quienes fueron los encargados de abrir la noche fueron los Soma, la única de las bandas que hizo uso del micrófono más que para presentarse y agradecer al público. Aunque también hay que decirlo: los pasajes cantados, en relación a la totalidad del set, son más bien breves y parecen tener el lugar de un instrumento más, el agregar una capa más de sonoridad a la embestida que se propone instrumentalmente. Los representantes sureños serán la banda más intensa, en cuanto a distorsión y ritmo, de la noche. Por momentos, la oscuridad de su doom parece entretejerse con la pulsión del hardcore, sobre todo a partir de las ráfagas de batería y el abrasivo sonido de guitarra. ¿Existirá el doomcore como género? Si no existe, lo inventamos.

 

Un dato al pasar pero que consideramos importante destacar: parece que el público cordobés de a poco se va habituando a no dejarse estar a la hora de acudir a recis y festivales. Soma arrancó apenas pasadas las 20.30, y el recinto ya mostraba un nivel de concurrencia muy importante. Otra vez, seguramente la calidad de las bandas fue un factor para que así sea.

El turno siguiente fue para los IAH. ¿Qué más decir sobre este trío, que no hayamos plasmado ya en alguna de nuestras crónicas anteriores? Con dos discos espectaculares y una gira europea sobre el lomo, lejos están de detener su impulso. Sabemos que están prontos a meterse a iniciar el ciclo de composición-grabación-mezcla-etc de su tercer disco, pero antes de que termine el año nos regalaron una vez más un set impecable, de esos que te dejan con los ojos cerrados y la boca abierta (sí, como la tapa de The Bends, así tal cual). La referencia cósmica de los IAH no se agota en el nombre de sus canciones. Una de las sensaciones visuales más vívidas que me produjeron sus canciones en la noche del miércoles fue la de estar contemplando la bóveda celeste y todos sus astros, desde el espacio exterior. Y, de repente, el calor, la abrasión de la re-entrada a la atmósfera nos toman por arrebato, nos sobresaltan y nos aceleran. Después, muy posiblemente encontremos reposo en las aguas de algún océano. O, en otros casos, la nada.

 

A esta altura, el local de Belle Epoque está abarrotado. No sólo el reducto frente al escenario, sino también el patio adyacente, desde donde muchxs eligen ver (y sobre todo, oír) a las bandas para combatir el tufo del que fue uno de los días más tórridos del año. Mientras tanto, en el ir y venir entre banda y banda, se suceden los abrazos, los saludos, los tragos y las secas compartidos.

La siguiente banda en esta noche de tríos (musicales, claro está) es nada más y nada menos que Sur Oculto. No deja de generarme cierta envidia y nostalgia aquellas personas que los ven en vivo, que los descubren realmente por primera vez. Una sensación que se asemeja a la de haber hablado un cierto lenguaje toda una vida y que, de repente, llegue un conjunto de tres seres venidos de quién sabe dónde y amplíe la gama de sonidos a utilizar, casi exponencialmente. De todas formas, tampoco es que haberlos vistos varias veces antes anule la experiencia. Sigue resultando sobrecogedor el ver al Seba Teves aporrear su bajo como quien golpea un tele viejo que se niega a funcionar, y aún así extraerle sonidos de una precisión y potencia sorprendentes. El frenesí jazzero de muchas de sus composiciones le agrega un color diferente a la psicodelia ya casi respirable en el lugar, algo también reforzado por la prescindencia de la guitarra y la incorporación de los teclados, muchas veces en un doble rol: melódico y percusivo a la vez.

 

Antes de comenzar a intentar narrar lo que generó Yawning Man, creo necesario un sinceramiento. Antes de que llegara a mi conocimiento la realización de este festival, no había ni siquiera oído hablar de estas leyendas californianas. El resto de las bandas que completaba la grilla (a las cuales, obviamente, sí conocía y ya había disfrutado), y una breve excavación por los vastos territorios de la Internet bastaron para entusiasmarme. Esta aclaración la hago en el siguiente sentido: el aventurarse a presenciar arte, entretenimiento, espectáculos de los cuales no tenemos mayores referencias, muchas veces puede ser doblemente recompensante.

Ahora sí, suben los Yawning Man al escenario. Muchas veces se destaca la humildad de tal o cual músico. A estos tres pioneros del rock desértico que sigue hasta estos días, influenciadores de un sinfín de otras bandas se los pudo ver, desde el comienzo del festival, entre la gente charlando, compartiendo una birra, disfrutando de las bandas… en fin, como uno más. Como en casi todos los sets, la comunicación verbal es escueta. Pero los que hablan, queridxs lectorxs, son los instrumentos. Quizás por el correr de las horas y los distintos modificadores externos en nuestros cuerpos, la música parece derramarse desde los instrumentos, en lugar de salir desde los parlantes. Seguramente va a parecer una frase remanida, pero por momentos resulta inverosímil que tanto sonido salga de solamente tres personas, llegando incluso a puntos en el set donde me pareció escuchar casi con toda seguridad instrumentos que no estaban realmente allí. Si volvemos a utilizar la metáfora lingüística, guitarra, bajo y batería dialogan en una armonía casi perfecta. Como esas charlas entre viejos amigos donde prácticamente podemos adivinar lo que dirá el otrx. El bajo de Mario Lalli es el encargado de mantener la tensión en cada una de las canciones, casi como si sus cuatro cuerdas fueran los cables de los cuales se sostienen todos los sonidos. La batería de Alfredo Hernández contiene, enmarca, nos marca el camino a partir de cada uno de sus golpes. Y es la guitarra de Gary Arce la que nos lleva de viaje, a partir de su inacabable laberinto de sonidos. Con su particular técnica de ejecutar el instrumento, bien podemos decir que si Maradona tuvo “la mano de dios”, Arce tiene, como mínimo “el pulgar de dios”. La música nos vuelve a evocar imágenes cósmicas. Y la de Yawning Man nos lleva a un paseo por un planeta de paisajes imposibles, en una nave bien cómoda. Un viaje apacible.

Nos tomamos un momento para mirar a la gente. Algunxs bailan, hay parejas que se abrazan y otras que se besan desaforadamente. Otrxs se limitan a presenciar estupefactos, y hasta a alguno se le dio por empezar a emitir alaridos parecidos a los de un Chihuahua. Comprendo que en ese momento es cuando la música está realmente completa: cuando la persona que la recibe la interpreta, y la hace propia.

 

Llega el final. Perdí la cuenta de cuántas canciones pasaron. Si hasta del tiempo perdimos la cuenta. Nos encaminamos tranquila y relajadamente hacia la salida. Afuera, otro regalo del cosmos: mientras nos maravillaba la música, pasó la lluvia y dejó su frescor para acompañarnos en el regreso a casa. La felicidad es completa.

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