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Por Mai Gervasio y Angelina Siles

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Entre bytes y besos

La dinámica es muy similar todas las veces que dos personas hacen un click, ya sea por redes, apps de citas, etc. Intercambio de teléfonos y mensajes van, mensajes vienen. A veces las conversaciones nunca llegan a un final. A veces se cortan abruptamente, pero siempre hay otro tema del que se puede abrir otro universo de preguntas y respuestas.

 

¿Sed de conocer a la otra persona? ¿Aburrimiento? ¿Distancias que se acortan?

 

Creo que cada caso es particular, pero últimamente me está pasando que… me agota. Si esa persona con quien charlás constantemente estuviese frente tuyo ¿Sería posible conversar tanto en 24 hs.? ¿Cuánto de eso tiene deseo real? ¿Qué otros componentes se ponen en juego?

 

Entrando en mi historia en particular y hablando de conocer personas en quienes tengo interés sexoafectivo. Me ha pasado con algunos vínculos vernos muy pocas veces en la semana, a veces pasaban dos semanas hasta que logramos congeniar agendas y vernos, pero hablamos todos los días. Y al final terminaba tornándose algo más virtual que presencial.

 

Siento que cuando la posibilidad del encuentro existe (habitar la misma ciudad sería la condición base) y no se elige, es un lugar cómodo el de no apostar por el encuentro presencial.

 

Conocer personas acuerpándonos, especialmente post pandemia, es bastante difícil. Un poco porque medio que nos olvidamos cómo era, pues ya estamos muy metidxs en el mundo digital. Y otro poco porque poner el cuerpo a lo que unx desea es… desafiante. Se ponen muchas cosas en juego.

 

Pero yo, hoy voto por vernos las caras, escuchar nuestras voces, observar al otrx y a unx mismo. Dejar que la expresividad se haga carne y poder descubrir en los gestos del otrx qué cosas gustan, cuáles no y cómo es. Y dejo la virtualidad para acortar distancias con quienes me gustaría tener cerca 💙

 

 

Reconozco que desde el 2020 me acostumbré demasiado a la virtualidad y me cuesta concretar encuentros. Las apps de citas son la salvación y la perdición de las personas tímidas y/o flojas: permiten iniciar conversaciones que nunca habrían sucedido en un bar, por ejemplo, o en una plaza. A mí me cuesta hablar con gente que conozco, ni pensar en acercarme a alguien desconocidx. Es más, si alguien viene a conversar conmigo tiene que tener mucha voluntad y mucha labia porque me cuesta un montoooon sostener el diálogo (disculpen si han estado ahí, no soy mala onda una vez que entro en confianza). Pero también nos sirve de excusa para no salir del sillón mientras simulamos sociabilizar. Es verdad, de decenas de “Hola, ¿cómo va?” pocos terminaron en encuentros reales. Es más, me pasó que a un par de personas con las que matcheé, las conocí por pura casualidad (cosas de vivir en una ciudad pequeña).

 

Hay algo de irrealidad en los “lazos” virtuales. Cada quien puede elegir un avatar y ser eso que quiere mostrar. Y nos imaginamos a lx otrx como mejor nos parezca. Se nos pierden los matices. Por más que podamos tener la mejor onda, conversar super bien, tener cosas en común… yo no descreo de la posibilidad de conectar con alguien que conocimos a través de una pantalla. Pero cuando estamos cara a cara, piel a piel, miradas encontradas, ahí descubrimos ese algo que nos faltaba. El sonido de la risa, los gestos, cómo entona esas expresiones vilmente reducidas a letras en un chat. No, no es lo mismo un beso que un byte (ni un byte que un bite).

 

Por otro lado, y dadas mis circunstancias actuales, cito a Drexler: “perdonen que insista en elogiar las telecomunicaciones”. Y es que, teniendo vínculos a la distancia sería muy difícil si no. En la época del teléfono fijo era más complicado y no quiero ni pensar cuando había que esperar tres meses a que te llegara una carta. Y quizás sí, nos volvemos un poco adictxs a saber de lx otrx y nos perdemos en el mundo cibernético. Pero también ofrece la posibilidad de hacer videollamada y vernos y escucharnos en directo, de mandarnos audios de descargo o de risas, de compartirnos cotidianidades aunque sean pavas y así sentir que la distancia no es tanta. Y repito: no, no es lo mismo la piel que la pantalla pero cuando la primera es improbable, la segunda nos apaña.

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