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Por Mai Gervasio y Angelina Siles

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Cartografía de un día de mierda

Se acercaba la hora de que nos veamos. Te escribí para ver en qué andabas y sucedió lo inesperado. Tu contacto sin foto de perfil y un “hola” con un solo tilde. Aún tengo en mi WhatsApp la conversación intacta desde el primer mensaje que intercambiamos, no me atrevo a borrarla.

 

¿Qué pasó? Aún no lo sé y tengo la leve sensación de que nunca lo sabré.

 

En ese momento de darme cuenta intenté concentrarme en otra cosa, nos íbamos a ver en unas horas. Tenía la esperanza de que tocaras el timbre.

 

De más está decir que nunca apareciste, no hubo mensaje, no hubo señales de humo, no hubo nada. Y ahí, en ese momento, sentí que todo se derrumbó; el sostén de las amichas se hizo presente.

 

Lo primero que vi de esta situación del orto fue eso, lo poderosa que es mi red de sostén. Que co-cree con estos seres con quienes se armó una sinergia hermosa. Sabiéndome sostenida, sabía que podía con cualquier cosa.

 

Desde ese día en adelante las sensaciones fueron varias, fue la primera vez que el enojo y la ira no se apoderaron de mí. No se me hicieron nudo en el estómago o gritos, impaciencia, desgano, etc.

 

Segunda cosa que vi,  yo puedo elegir la medida de las emociones que me surgen. No me someten, no me manejan. Yo elijo y tengo herramientas para pasar de una a otra.

 

Tercero, los años de terapia sirvieron… Hagan terapia.

 

¿Qué se puede hacer más que seguir? Sabiendo que lo que pasó más habla de la otra persona que de mi. Sabiendo que mi proceso es mío y yo tengo el poder de mi mente, mi cuerpo y mi espíritu.

 

¿Qué lugar le das en tu vida a eso que te pasó que no estuvo tan copado? ¿Lo dejaste pasar por el cuerpo? ¿O aún está encallado en alguna vértebra, en el hígado o en el sacro?

 

Me di una ducha y me metí en la cama. No tengo ganas de estar en otra parte, no tengo ganas de hacer el esfuerzo que requiere mantener mi esqueleto erguido. El tiempo no colabora, llueve torrencialmente y el viento parece furioso. No me siento mal por nada en específico… La vida adulta, tan llena de decisiones por tomar. El deseo de no tener que pensar en nada por un rato. Y acá estoy, escribiendo. Quizás desenmarañe lo que siento en un desahogo verborrágico. Sepan disculpar si me pongo incoherente, digamos que les estoy usando de diario íntimo.

 

La puerta del placard está abierta y puedo ver mi ropa toda desordenada. Guardo las remeras en una valija, como si nunca terminara de desempacar, aunque hace más de un año que vivo acá. No es solo el ropero, hay cosas en el piso y la mesa de luz en un cambalache absurdo de libros, flores secas y bisutería. Supongo que un poco así está mi vida. Todo caótico y yo esquivando el día de limpieza.

Si ando con emociones atascadas por ahí, pregunta. Yo me las imagino como pequeñas criaturas haciendo asentamientos en cada parte de mi cuerpo. Una ciudad de enojos en el hígado, un pueblito de cosas sin decir en la garganta, las ganas de llorar acampando en la nariz… Y así. Que sentir, siento mucho, pero exteriorizar es más complejo. Y enojarme sobre todo… Bueno, no es mi fuerte. “Pero enojate, pataleá, rompé algo” me dice Angie y a mí no me sale, qué se yo. Algún día quizás lo logre y no solo me encierre a llorar de indignación.

 

Igual, ahora no creo que sea enojo semi oculto el tema. No sé por dónde viene. Últimamente tengo pocas ganas de hablar con la gente, cada tanto me pasa. El problema es que tampoco tengo tantas ganas de conversar conmigo. Y ahí es cuando todo se me descontrola. Confieso que también me está costando sentarme a escribir y tampoco estoy danzando. Que curioso el autosabotaje, ¿no? Cuando no nos sentimos bien, esquivamos esas cosas que nos nutren.

 

Me queda el respiro de las personas con las que comparto, aunque no cuente mucho cómo me siento (ni que lo supiera tampoco). Esos seres del bien que siempre se hacen presentes con una musiquita, un vino, una comidita, un mimo, alegría contagiosa, palabras de amor y hacen la vida disfrutable más allá de cualquier enredo mental. Ya me puse sentimental, será el clima día de la amistad.

 

Menos mal que, más o menos, me conozco. Y hoy estoy escribiendo sumergida en el plumón, sin ganas de pensar en qué voy a hacer con mi vida, esquivando las emociones complicadas, pero mañana será otro día. Y aunque dudo que salga el sol, sé que voy a recordar que vivo junto a un lago y no sumergida en un pantano.

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