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Bajar la rampa que comunica la entrada de 990 Arte Club con el resto de sus instalaciones, tiene siempre un carácter un tanto dantesco. Uno tiene siempre la sensación de estar descendiendo a un círculo del infierno que el bueno de Alighieri se olvidó de reseñar: uno que muchas veces suele estar habitado por los demonios del baile, otras veces por criaturas demoníacas más bestiales. Pero que, esta noche, es patrimonio exclusivo de las ánimas que se regodean entre los tonos graves, de los diablos que habitan en los largos pasajes instrumentales, de los fantasmas que pululan entre rispidez, psicodelia y oscuridad. Esta noche en el ya mítico recinto del Abasto, se vive la edición 2019 del Córdoba Stoner Fest.

 

Con el recuerdo aún fresco de lo que fue la primera edición, llegamos (quizás demasiado) temprano, con la intención de no perdernos ni uno de los sonidos que irán tejiendo las bandas que conforman la nutrida cartelera de este encuentro. Encuentro que a su vez constituye toda una (re)confirmación del crecimiento del género (y sus afines y derivados) en la ciudad de Córdoba como plaza, y en el país entero como apuesta estilística de quienes deciden acometer esa locura que es armar una banda, ensayar, grabar discos, salir de gira, etc.

La primera banda en salir al ruedo es Lenguaje de Víboras. Su sonido atravesado por el doom, el sludge y el noise, más las filosas intervenciones de su vocalista, reminiscentes del hardcore más gritón, nos hace pensar que esta sería una de esas raras ocasiones donde el nombre de una banda puede describir bastante ajustadamente su sonido. Si los ofidios se comunican entre sí, apostaría mi poco dinero a que sonaría a algo parecido a lo que en ese momento presenciamos, y que sirvió como una estruendosa y ágil apertura de la velada.

 

La primera pausa nos encontró saciando nuestra sed y saludando amigxs y conocidxs cuando, casi de repente, surgió Super Quercus en el escenario. El trío venido desde el sur de la provincia nos presionó el botón de rewind en nuestras cabezas, evocando con sus canciones aquellas épocas del rock argentino (más concretamente, la de fines de los ’60 y comienzos de los ’70) que es una influencia casi tan grande como los mismísimos Black Sabbath en la escena de la música pesada-psicodélica a la que más arriba nos referimos.

El reloj no da respiro y la grilla es nutrida, así que las bandas siguen sucediéndose unas a otras sobre el escenario, así es como los NoStone se colocan bajo el reflector. Añadiendo una arista más a las posibilidades que brinda el género, los rosarinos se destacan inmediatamente los cambios de ritmos y los compases irregulares que impulsa su baterista, que sumados a alguna que otra guitarra etérea por aquí y por allá, nos hacen recordar a una banda californiana, de nombre muy parecido pero del palo del nü metal. Si por su cabeza pasó el nombre de Deftones, ¡¡acertó!! Le regalaríamos una juguera, pero la necesitamos.

 

Llegó para ese entonces el momento de cortar con la tónica de los tríos, y de la pulsión clásica de guitarra, bajo y batería. Munido sólo de su guitarra, pero sólo en apariencia ya que los loops y efectos producen un efecto multiplicador del instrumento, Ull entregó un set totalmente instrumental en el cual el tiempo pareció detenerse. Las frecuencias graves, que parecían venir por oleadas desde el escenario, generaron un ambiente que se combinó con la oscuridad del recinto para crear una hipnosis colectiva.

Sargent Comet nos llevó más allá de la estratósfera, con la cola de su cometa cargada de largos pasajes instrumentales. ¡Ojo!, que el hecho de que fueran instrumentales no le quita a su música las propiedades que generan agitación. De hecho, durante su actuación fue, posiblemente, cuando más cabezas se prestaron al balanceo rítmico que tanto caracteriza al disfrute rockero.

 

Otra de las bandas de las cuales podemos decir que su nombre puede asociarse con lo que hacen, son los Fabricantes, una verdadera factoría de sonidos al punto de llegar a dudar si sólo son tres personas sobre el escenario. A esta altura todo un clásico en los tablados stoneros cordobeses, el trío aprovechó la ocasión para celebrar su quinto aniversario como banda, y así hacer un repaso de su recorrido musical, desde el Stoner más convencional de sus comienzos, al psych-prog del que hoy hacen gala, pasando por los timbres más bluseros de La Selva Incrustada, su segundo disco. De hecho, su rendición de Blues de Oriente de dicha placa fue uno de los puntos altísimos de la noche.

Las agujas del reloj comienzan a acercarse peligrosamente a la hora en la cual a la noche cordobesa la carroza se le convierte en calabaza, cuando pisa el tablado la banda sorpresa de la noche. Anunciados casi a último momento, The Black Furs propone un blues supersónico, pero calentado al fuego valvular del doom. Por momentos el delta del Mississippi convierte su cauce en un caudal de sonido que inunda el 990.

 

La arena del reloj sigue corriendo inexorablemente, y todavía falta el doblete doomero del litoral, que integran Sahara y Mephistofeles, quienes lamentablemente verán reducido su tiempo de escenario, pero de ninguna manera su impacto en las psiquis de los todavía presentes.

 

Creo que podríamos bautizar la música de Sahara como un doom desgarrador. Riffs lentos, densos, casi corpóreos, tapizados con una vocalización áspera, rasposa, que parece surgir de la entraña del cantante. Y que hace que la experiencia de su escucha se acerque casi a la de un dolor que paradójicamente genera grandes cantidades de satisfacción.

Los Mephistofeles sólo pudieron tocar algo más de 10 minutos (deuda que fue saldada en un evento-continuación de domingo en la querida Kame House). Y si bien nos quedamos claramente con ganas de más, esa probadita alcanzó para que podamos paladear su doom demoníaco, banda de sonido perfecta para la remake metalera de casi cualquier película Clase B de sábado por la noche, en las que los gritos de sus protagonistas no lleguen a tapar la psicodelia oscura de sus riffs.

 

Después de esta apabullante seguidilla que nos tuve casi 7 horas con la cabeza en llamas, poco más queda que ajustar el abrigo y emprender el regreso a la cueva. Un persistente y hasta zigzagueante zumbido en mis oídos que me acompañará hasta pasados un par de días, me sentencia que debí haber hecho caso a la advertencia de la organización: lleven protección sonora. No es joda.

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