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En Gondwana la gente no entra: se suma. Y lo digo desde el sentido más amplio, ameno y horizontal que se puede. Por eso no nos cuesta encontrar un lugar, a pesar de que todas las mesas cercanas estaban reservadas; porque nos invitan a sumarnos. Los músicos, que están haciendo prueba de sonido al momento de poner nuestros pies ahí, tienen el mismo carácter: saludan como si te conocieran de toda la vida y las sonrisas son amplias, a pesar de los nervios por el espectáculo pronto.

 

Cosa de Negros es un conjunto que incluye a Sil Tolosa; Cantante, la voz principal de Cosa de Negros; Juli Castagno: Flauta, maracas, coros. Bailarina empedernida de cumbia villera;  Dani Martinez: Oboe, quena, accesorios, coros. Un condimento sabor Tchaikovsky en un alto guiso de música criolla; Daro Farias: Congas, bongo, cajón peruano. Chofer del 12. Animador de fiestas para adultos. La fiesta misma con pinta de jipi; Nery Suarez: Bajista. Relaciones públicas. Amante de las camisas poco discretas. Asador designado. Catador de vinos; Pablo Martinez: Guitarra, Cuatro Venezolano, Tres cubano. Negro jujeño con sombrero cubano tocando ritmos de Venezuela cuando le piden que haga festejo peruano. Cosa de Negros tiene poco más de un año de vida y, según nos contaron los pajaritos, empezaron a zapar para encontrarse pasando de sones cubanos a una chacarera. Pensándola, se dieron cuenta que lo latinoamericano de sus raíces afluía hacia un solo lugar; el del marginado, el explotado, el proletario. Quizás porque gran parte de nuestra historia es marginada, explotada y proletaria.

La noche convocaba a una brisa tranquila después de una jornada calurosa y, como por arte de magia, al hacerse las diez de la noche Gondwana se llenó de gente, esperando escuchar las canciones que los chicos (empilchados y listos para el ataque) estaban terminando de hornear. Lo primero que pienso cuando escucho el primer tema es que el sonido del tres cubano es tan típico que podemos reconocerlo en medio de una multitud de instrumentos. Las voces de Sil y Juli, que acompañan a Pablo, enmarcan una tonalidad bella, acorde y correcta con el movimiento que lentamente se apodera de las manos, los dedos, las rodillas del público. Y es que es imposible escucharlos sin dejarse atrapar, aunque sea un poquito, por los ritmos hipnotizantes que salen de la suma de todas estas partes.

 

Cuando el oboe de Dani entra, dota a las canciones de una textura tupida, como un telón de fondo frondoso que contrasta de una manera genial con un estilo que, podríamos aventurar, tiene sus orígenes en lo callejero. Las voces que nos cuentan historias (o anécdotas, si queremos), apelan a los ritmos más dulces y pintan unos paisajes bien vivos en el aire. Un fogón y la paisanada llegando, escuchando el canto que les convoca, es uno de ellos; cuesta mucho deshacerse del hechizo de los hombres, cansados de trabajar, llegando después de un largo viaje al lugar donde —saben— van a encontrarse con un canto tan dulce.

 

Sucede lo mismo con las palmas y la percusión, que se suceden como corrientes de agua que empujan una barcaza negrera. La imaginación se nos va, pero, ¿Es posible pensar en cómo la música no solo nos conecta con la historia, sino con nuestros antepasados? Negros cantando en el barco, o en el campo, o en la hacienda para que el trabajo esclavo quede impregnado en los ritmos arrancados de cuajo de lo profundo de la selva africana. Mestizos y criollos apurando los duelos de vihuela y guitarra al rescoldo, meta vino y empanada.

Volvemos al presente cuando los chicos ejecutan una hermosísima “Toro mata” y una movediza “Negra presuntuosa”, de Susana Baca. El lugar, donde viajan los mozos trayendo y buscando pizzas, cervezas, vinos y platos típicos, se llena de repente de un olor a pulpería, a luz transpirada y amarillenta colgando de un poste. Y es que la música nos mueve, de vuelta, a lugares donde la transpiración abunda; el sudor del cansancio del trabajo precarizado, de peón rural, sí, pero también la transpiración del ansia de mover el esqueleto, de encontrarse con el otro, de beber algo fuerte que atonte un poco los sentidos. Es la niebla más importante de todas, la que nos mueve a pensar que tanto los inventores del son como los músicos que (en este momento) ejecutan esas piezas, entendieron que la música es un idioma universal que nos atraviesa transversalmente. Lo es el baile, lo es el ser intérprete de un instrumento. Como el oboe de Dani, que vuelve a hacer una entrada magistral para juguetear, serpenteando, entre lo que el resto de los chicos hacen brotar.

 

Suena “Te parece”, un candombe que nos saca del lugar con piso de tierra y nos manda volando a calles estrechas y faroles torcidos. La letra y la música nos cuentan la emoción que se lleva a flor de piel, como una gigantesca cicatriz, o del corazón que —cual bomba de tiempo— guarda secretos que no van a existir mucho tiempo en cautiverio. Y ahí recalo nuevamente en algo: lo que cantan los chicos (los géneros, pero también la forma de interpretarlos) es el encuentro. Fundamental encuentro de barrio que se tiñe de cumbia, de llegar a bailar y divertirse sin ninguna pretensión; de saber encontrar a los vecinos con los que te criaste, a los que vienen de otros barrios. Fiesta, de baile improvisado, en la placita que tiene las luces de sodio más fuertes. Porrón de un peso. Calor de verano.

 

Suena una canción que, como su nombre indica, nos estremece hasta la médula: “Tiembla”, de Paola Bernal. Acompañada con cierto arrullo puneño (tomando la expresión prestada de Les Luthiers), nos arrastra a la realidad dura y fría como la losa sobre la que se baila: a las palabras se las lleva el viento, pero lo que el corazón dice es genuino, auténtico, incuestionable. Damos un salto a “Pequeña serenata diurna” de Silvio Rodríguez (un autor que no podía faltar), donde la poesía del autor se desenrosca como confeti sobre los chicos y todo tiene ahora un sabor familiar, casi de cocina-comedor, de casa chorizo. Este tema, cantado en clave vivaz y con voces que casi parecen un rezo, apunta a un final humano.

 

Damos el paso al costado y suena un género que, casi, es obligatorio: El bolero. Los temas que interpretan los chicos hablan de quien canta su corazón en la boca, con la garganta llena de emociones que pugnan por escapar la prisión de la apariencia. En una plaza, un conventillo o un mercado. Soledad y el mar, de fondo. El segundo bolero que interpretan es un regreso, y creo que ninguno de ustedes, queridos lectores, puede desentenderse de la emoción apretada y astillada que significa el regreso. Sea a casa, a la persona amada, a la familia, a la patria; ustedes elíjanlo. Es un tema arrebatado, que nos hace casi sentir el antebrazo adherido a una barra pegajosa de pulpería, entre restos de alcohol y transpiración —nuevamente—.

El pasaje cede el encuentro a la cumbia, algunos con coros casi de murga uruguaya (maridaje bello y buen descubrimiento para este cronista). Y acá se suceden una serie de canciones y ritmos acelerados, que invitan al baile inevitablemente y que nos sacan de la noche melancólica y emocional del repertorio (hasta entonces) para sacarnos a bailar, de la mano, en un mediodía lleno de negros que improvisaron la música en un descanso ídem. Pasamos por cumbia, son cubano y festejo peruano. Acá ya hablamos de flores, de sol radiante, de búsqueda de rituales conocidos y ceremonias habituales (casamientos, por ejemplo) y ese sabor cotidiano del que es imposible desentenderse.

 

Han tocado canciones sin detenerse en ningún momento y ahora, cuando por fin lo hacen, nos damos cuenta que existe el silencio. Que no es algo habitual y que los paisajes donde estuvimos son apenas una canción que tarareamos para que no se vaya —todavía no— ese sabor del que fuimos partícipes, mudos, pero partícipes. Como un sueño que se deshace en jirones y que queremos conservar, Cosa de Negros termina su repertorio con un aplauso apabullante y más que merecido. No podemos sino esperar la próxima fecha (pasado el verano y las vacaciones) y ver con qué nos sorprenden esta vez, y a dónde nos sacan a bailar, estos chicos que hacen magia con sus corazones.

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