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CULTURA INDEPENDIENTE

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Las guerras lo mezclan todo. No solamente cuando están sucediendo, sino también cuando solo quedan de ellas sus testimonios, sus labios azulados, sus ojos de soledad, sus marcas en la memoria, y finalmente, sus lecturas.

 

La guerra de Malvinas es una marca profunda de nuestra historia reciente, una marca incómoda, que nos interpela en varias cosas, entre ellas, como argentinxs. Y tengo la sensación que desde ese lugar puedo expresar lo que siento y entiendo acerca de Malvinas.

Todxs quienes pueden leer esto han nacido en un país. Este, u otro. ¿Qué significa eso? Que cuando asomamos la jeta a este mundo lo hacemos en un territorio que ha sido normatizado como parte de un conjunto más global que denominamos Estado; donde además, sus habitantes poseen aspectos que vamos a denominar culturales que son comunes, de ciertas similitudes en cuanto a su historia y a sus orígenes como grupo; pero sobre todo, más allá de esa magnífica coincidencia, pertenecemos a un mercado, organizado (moderna e) institucionalmente como una nación estado, un artificio que implicó la subordinación de unas clases a otras con un formato superador de la renta feudal privada anterior o el republicano imperio de la Antigua Roma. Un artificio que primero experimentó Europa al salir del feudalismo, y luego nosotrxs.

 

Desde el último tercio del siglo XIX, los países latinoamericanos como Argentina, (también Colombia, Chile, México, etc.) comenzaron a organizarse en ese sentido, luego del quiebre del orden español vigente en aquella época, los más de 70 años de conflictos civiles de distintos tipos que siguieron a la independencia, y los intentos de cada una de las regiones/provincias –que luego de la expulsión de los gallegos, se declararon libres, autónomas, mientras se fragmentaba el paisaje que antes era colonial, español, por momentos uniforme- por hegemonizar los distintos mercados regionales.

En los años posteriores a la independencia, hubo muchos intentos por organizar un país, un estado, pero este no existió en los términos modernos. Porque no se pudo establecer durante años, un dominio efectivo en términos sociales y regionales; por ejemplo, el Estado-Nación se formó definitivamente cuando se consolidó el poder de los terratenientes, comerciantes y exportadores argentinos, vinculados al puerto y la pampa húmeda.

 

Y todo eso sucedió sin que las Malvinas estuvieran muy presentes en la capochona de los argentinos. Los ingleses ocuparon las islas en diciembre de 1832, y el 3 de enero siguiente metió en un bote a los 26 ocupantes argentinos del destacamento; pero desde que Vernet hubiera sido designado (en 1929!) gobernador de las islas (que estaban en la mira británica desde hacía tiempo, y que además, protestaron cuando Vernet se hizo cargo del archipiélago), estas islas eran el objeto de reclamo tanto de España, como Inglaterra y las Provincias Unidas del Río de la Plata. De hecho, la primera ocupación efectiva fue unos años antes, 1826, por el mismo Vernet (en esta oportunidad en carácter de ganadero con permiso de su amigo Rivadavia).

 

Después, las luchas civiles entre unitarios y federales, Bs As y el interior, o sea, la lucha por el control económico y político entre las clases dominantes de cada región, hicieron que no tengamos más noticias de Malvinas hasta que apareció en Argentina la educación que algunos denominaron “patrótica”. La necesidad de volver a crear un ser argentino, con sus grandezas, sus héroes y sus tristes pérdidas. Una “hermana perdida” que no la conocemos, en parte porque muchxs de nosotrxs somos de segunda, tercera o cuarta generación de inmigrantes, que tuvimos clases de “nacionalismo acelerado” durante más de 100 años, sin interpelar nuestro pasado, sin repreguntar, sin desafiar la autoridad de la Escuela, que es el Estado, la Patria, la Nación.

 

Una escuela al servicio del Odio a los Otros, que configuró pensamientos y frases tales como: “nuestros vecinos invaden las fronteras, se quieren quedar con lo nuestro”.

Solo tenemos certezas acerca de lo que es argentino y lo que no lo es.

En Malvinas hay quizás 8 generaciones de personas que viven ahí. Son producto del feroz imperialismo. Son malvinenses, tipos que nacieron ahí, fruto de la violencia del Imperio. Como nosotros también lo somos: los pueblos originarios nos conocen como los “civilizados miembros del Estado genocida, (primero) español y (luego) nacional argentino”.

 

Y como miembros de esa comunidad, reclamamos que las Malvinas sean argentinas.

Claro, al medio estuvo la sangre, las ausencias, la guerra. Y nuestros muertos. Y el olvido, y las sombras de la noche, agitadas. Como se agitan las banderas. La bandera que nos une contra el Otro. El país, nuestro destino, y que se yo cuántos lugares comunes más.

 

La guerra es una sal en la herida abierta de la tierra. Arde de tanto dolor. Pero, no se si el dolor es un argumento a favor de que sean argentinas. En todo caso, es un aspecto feroz de lo que el capitalismo hace con las vidas de las personas.

 

Las guerras lo mezclan todo. Las muertes agitan, otra vez, fantasmas a veces ineludibles.

 

Después del proceso de descolonización en épocas de posguerra, ya no quedó lugar para continuar con esta práctica, la de tener colonias como si fueran trajes: todo el mundo lo sabe, todos los países lo condenan, pero el Reino Unido parece tener el control de la cosa con respecto a las islas. No deberían estar bajo tutela inglesa, en eso estoy de acuerdo, pero no voy a decidir por mis vecinos. Después de todo, muchxs de ellxs están por estos fríos lados desde antes que mis ancestros, y supongo que sería hora de comenzar a escucharlos a ver qué dicen. Por ahí, les ha convenido el capitalismo pero tampoco lo ven copado. A lo mejor podemos intercambiar algunos discos. A lo mejor, les podemos contar cómo es vivir en un país donde se trata para el culo a las personas de piel oscura cuyos padres fueron a una guerra de la que no sabían mucho.

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