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Los distintos géneros que componen lo que podríamos denominar globalmente como “metal desértico” están gozando de un enorme presente en nuestro país, y especialmente en Córdoba. Ahora bien, ¿a qué carajo nos referimos con metal desértico? Quizás la primera imagen mental que se nos viene a la cabeza sea la de bandas metaleras tocando en reductos vacíos, pero nada más lejos de la realidad. Se nos ocurrió darle este nombre para englobar a las bandas que se mueven dentro de vertientes duras como lo son el stoner, el sludge y el doom metal, entre otros. Y decimos que se “mueven” porque no se aferran a un estilo de manual, que marque lo que hay o no hay que hacer. Fusionan, juegan con la mezcla entre estos estilos y también coquetean en algunos casos con la psicodelia, en otros con el rock progresivo, y hay quienes también lo mixturan con el hard rock. Así entonces, si bien todas estas agrupaciones son ramificaciones casi directas de lo creado hace casi 50 años por Black Sabbath, todas ellas tienen sus matices a la hora de canalizar sus creaciones. Y el resultado, créanme, no podría ser más interesante.

Y como muestra de todo lo expuesto anteriormente, es que arribamos al objeto concreto de esta crónica, que fue el show del pasado sábado 25/11 en Urban, con la excusa (y ese sabor a fiesta) del 4to aniversario de Pieles como banda. Cuatro bandas (tres locales, más los visitantes Picaporters -a lo cuales nunca se los hizo sentir como tal-), cuatro propuestas distintas dentro de un mismo espíritu conductor.

 

Cuando llegamos al umbral del recinto ubicado en pleno Alta Córdoba, las estridencias de la distorsión ya se hacían sentir incluso desde afuera. Adentro, el cambio climático no sólo obedecía a la temperatura que marca el termómetro: Urban club se caracteriza por ser uno de esos lugares donde flotan los abrazos, donde el inusual recorrido por el costado del escenario para ir al baño se puede transformar en una sucesión de rostros conocidos.

En ese marco de camaradería, respeto y obnubilación musical, cada banda salió a mostrar lo suyo. Los primeros en salir a escena fueron los Serpiente de Montaña, quienes sobre el escenario renovaron credenciales de ese sludge metal dinámico (algo que podría sonar casi contradictorio) que ya disfrutamos desde hace algún tiempo cada vez que nos ponemos a escuchar su disco Serpentarius. Acto seguido, los IAH se plantaron sobre las tablas para desparramar en el recinto su variante más cercana a lo experimental, con tracks plagados de cortes, cambios de ritmo y vuelo instrumental para el lucimiento de cada uno de sus integrantes.

 

Con los acostumbrados intervalos en donde el foco de atención muchas veces pasa a estar en la vereda, entre los que se agrupan para sostener una conversación lejos de los altos decibeles, y aquellos que surfean la zona buscando a alguien que les saque la cara. El regreso de los acordes con volumen que indican música en vivo, es el equivalente al timbre que indica que acabó el recreo, y volvemos a sumergirnos nuevamente en los paisajes sonoros que las bandas nos proponen.

Como buenos cumpleañeros y anfitriones, los Pieles cedieron el último casillero para la banda que vino de visita, y fueron los terceros en salir a escena. No deja de llamar la atención cómo un violero de una banda de corte netamente instrumental como es IAH puede, en escasos minutos, transformarse en guitarra, voz y motor de una banda que navega sobre esa unidad básica del rock que es el riff. Podríamos decir que la música de Pieles bien podría ser la banda de sonido de una road movie que transcurra en San Juan sobre un descapotable, con el Zonda soplándonos en la cara.

 

El cierre, como ya se habrán imaginado, estuvo a cargo de los Picaporters. Sin alejarse del áspero sonido valvular que fue el hilo conductor de la noche, los Pica se abrazan con decisión a la vertiente más psicodélica y setentosa (incluso desde la estética) de lo que hemos dado en denominar -desde el comienzo de este artículo- como música desértica. Pasajes vocales que por momentos funcionan como un instrumento más, y cargas de wahwah terminan de dibujar los colores -oscuros, pero colores al fin- con los que los Picaporters adornan su música.

 

Fin del show. Aplausos, sonrisas, pedidos de “una más”. Del otro lado de la puerta, el desierto vuelve a transformarse en ciudad. La arena vuelve a ser pavimento, las grandes formaciones pétreas vuelven a tener rostro de edificio, y aquellas amenazantes formaciones vuelven a ser los juegos de una plaza a oscuras. Hora de volver a casa.

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