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Peripecia – Viaje hacia el centro de la mente.

CAJA NEGRA+CUCHILLO+EN TU SCIEN

14 de ABRIL de 2017

URBAN

Nota: Luis Parodi

Fotos: Fer Bazán

Elio lo dudó por un momento, pero finalmente se decidió por la campera de cuero. No parecía hacer tanto frío afuera pero, al fin y al cabo, se trataba de un show de bandas de metal. Ojo, también sabía que muy posiblemente no se tratara del clásico festival metalero al que tantas veces estaba acostumbrado a ir. El nombre del evento le había llamado poderosamente la atención: “Peripecia – Viaje hacia el centro de la mente”. A lo mejor algún metalero ortodoxo podría haber puesto el grito en el cielo, desconfiar y decir que se trataba de un exceso de pretenciones. Pero no el Elio. Atrás quedaron ya aquellas épocas en las que el género se medía en términos de aguante y autenticidad. Entendió hace ya un tiempo que es un sinsentido esa afanosa búsqueda del “verdadero metal” como si se tratase de una prueba o un test que una banda tuviera que pasar.

 

“Después de todo, es música”, pensó Elio. Agarró las llaves y salió para Alta Córdoba. Sus presunciones de no presenciar el festival heavy ortodoxo se cumplieron rápidamente, apenas llegar. Si bien las remeras negras, las muñequeras, los pelos largos estaban allí, la escena se completaba con mesas y sillas, luces y tragos con pajita (aunque ahora el pudor obligue a llamarlas sorbetes ). En cierta manera agradeció el no tener que bancarse el cuerpo de un heavy sudoroso siendo frotado contra el suyo, o evitar andar a las patinadas por un suelo cubierto de birra derramada. Se acomodó en la mesa, se pidió un fernet y enseguida, casi como si hubiera estado cronometrado, arrancó el show de Caja Negra, la primera cita de la noche.

 

Mientras el fernet bajaba, Elio leyó muy rápidamente que era el bajista de la banda quien, como se dice habitualmente, tenía la sartén por el mango. Tan es así que al momento de realizar un cover fue quien quedó encargado de la voz principal, más melódica pero menos potente que la del frontman . Justamente esa canción lo dejó pensando. Se trataba de un medio tiempo con el sostén de la guitarra acústica, muy en la línea de las canciones de bandas como Stained o Seether , aquellas bandas que representaban la parte más melancólica de la movida del new metal . Esbozó una mueca cuando pensó que habría sucedido hasta hace no muchos años, cuando una banda rockera hubiera pretendido pelar en pleno show un tema como este… “Por suerte la escena creció… o más bien crecimos nosotros. O sea, estamos más viejos”, pensó mientras una mueca de sonrisa se le formaba en la comisura.

 

Mientras el show de Caja Negra retomaba su nivel de decibeles y revoluciones, Elio se colgó viendo el trabajo del pintor Franco Gallo. Cuando leyó que iba a haber una persona pintando en vivo pensó que a lo sumo llegaría a completar una obra en toda la noche, pero el cuadro que empezó cuando la banda empezó a tocar estaba ya casi terminado, llevando a quienes prestaran atención en un viaje por el proceso a través del cual un papel en blanco se transforma, trazo tras trazo, en una obra de arte.

 

Llegó el intermedio y decidió salir afuera a fumarse un pucho. La prohibición de fumar en lugares cerrados, si bien podía resultar algo molesto en las noches de frío, también suele resultar como una oportunidad para entablar alguna charla, encontrarse con alguien o simplemente, tomar perspectiva para después volver a zambullirse en la música. Luego del breve impasse y de decidirse en este caso por una birra fresquita, llega el turno al escenario de los Cuchillo. Hoja nueva en el atril del pintor, formación instrumental clásica de guitarra, bajo y batería y la presencia escénica de un cantante con una voz tan estridente como el saco rojo que usa para salir a escena. A este primer impacto visual le

sigue el impacto sonoro: la banda suena ajustada, potente, sin resquicios. De todas formas, a Elio se le ocurre una palabra para definir su música: elástica. Una formación que no tiene problemas en insertar, por ejemplo, una sección de reggae o un rapeo sobre una base con muchas reminiscencias a los primeros discos de Deftones (por nombrar alguna), para terminar fundiéndose en un magma de metal, voces guturales incluidas. El set es contundente, oscilando entre estribillos y coros gancheros, y las partes más complejas e instrumentales, que le deja lugar al lucimiento a cada uno de los integrantes.

 

Para el final del set el pintor ya tiene casi lista su obra. También atraído por la magnética impronta de Kili, el cantante, lo retrató en negros, rojos y grises como una especie de Predator del micrófono. No hay suerte en la primera tanda de sorteos, así que se dirige afuera nuevamente, esta vez a tirar unos humos con otro aroma. En la puerta se encuentra con un ex compañero de un trabajo de hace varios años atrás, y las anécdotas se transfiguran en risas instantáneas. Pierde un poco la noción del tiempo y los primeros acordes de En Tu Scien, la última de las bandas programadas, lo vuelven a traer a la realidad.

 

Al compás de los complejos pasajes, cortes y cambios de ritmo de la banda, el Elio se cuelga con las proyecciones de imágenes cósmicas, que tienen como soporte una pantalla al costado del escenario, un tanto corrida del foco de atención de la escena. Dados los litros y los humos que corren ahora por su cuerpo el cuelgue es largo, sostenido. Un pasaje zarpado de la batería en uno de los temas capta su atención y lo poné evocativo. “La puta madre”, maldice. Lamenta que las ocupaciones y la vorágine en la que muchas veces se ve envuelta su vida no le hayan permitido seguir su corta carrera como baterista incipiente. Algo que extraña horrores, el poder generar esa descarga aunque más no sea en una sala de ensayo. “Mirá lo que tocan estos tres locos, cómo me gustaría tener una banda así”, le comenta a su recién reencontrado amigo al oído, para poder superar el volumen atronador que se escucha dentro de Urban. “Increíble que todo este sonido lo hagan tres tipos, ¿no?”, obtiene como réplica. Se decide a dejar de añorar y disfrutar lo que queda del show, que ya va llegando a su fin.

 

Después de que En Tu Scien pusiera nuevamente a descansar a esa locomotora con precisión de bisturí, llegan las despedidas de rigor. Tanto desde el escenario, como también por parte del público entre ellos. Algunos prolongarán la caravana por un par de horas más y otros, como Elio, ya parten a sus hogares. Con el pico caliente pero a sabiendas que no hay otra opción, se queja: “¿Quién mierda habrá inventado esto de la media jornada de los sábados?”. Se sube el cierre de la campera, prende el último pucho y enfila para su hogar. En sus oídos ya zumba el inconfundible silbido como prueba irrefutable de haber vivido una buena noche de rock.

 

 

 

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