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“(…) qué difícil es divisar la palabra presurosa de la historia o de la política, al mismo tiempo que percibir lo que siempre está a nuestra espera, y que se está construyendo, visible, ahí mismo” Horacio González, Tablones para los oradores de Malvinas, en Blaustein y Zubieta, Decíamos Ayer, 1998.

 

En el mundo actual, los poderosos apelan a la institucionalización del espanto. Todo lo que emerge como corriente en los medios masivos de comunicación, es percibido como normal y correcto, y debe estar bien. En la reciente historia argentina, podríamos haber aprendido que los fantasmas no existen, sino que son construcciones de la clase dominante para poder controlar a las personas a través del miedo.

En el contexto de la Doctrina de Seguridad Nacional (el origen de las dictaduras militares de los 60s y 70s en Latinoamérica), una de las estrategias principales de los comunicadores y la clase dominante fue agitar fantasmas; esto fue facilitado por el escenario de la Guerra Fría. Aquella trágica época, que concluyó con miles de desaparecidos y un plan económico que destruyó la industria y endeudó al país, tuvo como uno de los hitos iniciales un decreto presidencial de la entonces presidenta María Estela Martínez de Perón, que activó la represión ilegal y el asesinato de militantes políticos. En medio del desastre económico, los militares representaron para muchos sectores la garantía de seguridad y orden que los gobiernos democráticos no parecían asegurar. La “solución militar para los problemas argentinos” desató a los perros para-policiales y al mismo infierno. La mirada desinteresada de algunos sectores, la complicidad de otros tantos y el miedo generalizado hicieron el resto. La peor etapa de la historia argentina había sido engendrada en el Departamento de Estado del país del norte y era sostenida por buena parte de la población, que cansada o sedada, asistieron al espectáculo con la certeza o la esperanza de que los fantasmas desaparecieran.

En estos días, la historia parece repetirse en Argentina. En febrero, el ministro de Defensa, Oscar Aguad, anunció la creación de una Fuerza de Despliegue Rápido que actuaría en todo el país. El ministro aseguró que el fin de este nuevo grupo sería “prestar apoyo” a las Fuerzas de Seguridad en el “combate al narcotráfico y al terrorismo”. Algunos medios aseguraron que también sería utilizado para combatir “la amenaza mapuche”. En aquellos días, en declaraciones a Radio Mitre, el ministro Aguad sostuvo que “la creación de la Fuerza de Despliegue Rápido estará conformada por las Tres Armas y tiene, entre otras, la misión de tener un apoyo logístico sobre la seguridad del país, sobre todo en materia de lucha contra el narcotráfico y el terrorismo”. El lunes 23 del corriente, el presidente Macri volvió a revolear fantasmas y anunció una modificación en relación a las tareas colaborativas que cumplirían las FFAA, aunque no se especificó cuáles ni se profundizó en qué situaciones, dejando abierta la posibilidad menos deseada. Al otro día, el primer mandatario firmó el decreto 638/18, que autoriza peligrosamente a las fuerzas de defensa a participar-colaborar-espiar-infiltrar-reprimir en acciones de seguridad interior. Otra vez, por pedido de EEUU.

Un tema central es que la Ley de Seguridad Interior y la Ley de Defensa prohibían -hasta ahora- la participación de las Fuerzas Armadas en temas de Seguridad Interior; ambas normativas fueron creadas tras la recuperación de la democracia y tenían como fin evitar que se repitan los miserables actos de Terrorismo de Estado. Aún cuando Gendarmería ya viene cumpliendo ese rol participando activamente en la represión interna, lo que se está modificando sustancialmente es que aparece más incisivamente la posibilidad de que los milicos -otra vez- sean usados para reprimir, cercar las protestas, criminalizar las movilizaciones y marchas, espiar legalmente a opositores, imponer la noche, acallar los gritos de rebeldía.

 

Como decía Horacio González en “Tablones…”, necesitamos de ese “placer oculto en detener el tiempo atribulado”. En su texto, cuenta una secuencia donde un carpintero y poeta organiza un acto político, pero el armado físico del mismo -colocar las maderas, clavar los listones, armar la tarima- se comienza a desarrollar a la misma hora de la convocatoria. Allí, Horacio Pilar, el protagonista, parecía demorarse en construir la base desde donde se dirían los discursos, para que la espera fuera el verdadero momento importante del acto. En aquella tarde, quizás todos los presentes entendieron que más importante que la historia o la política, era lo que estaba soplando en el viento; significaba, ni más ni menos, que una alerta contra la tardanza en ver lo que sucede frente a nuestros ojos en el presente: la construcción del discurso.

En estos días donde el hambre, la desocupación y la carestía dominan el horizonte de preocupaciones del pueblo, venimos dejando pasar a Gendarmería reprimiendo en los barrios y a los pueblos originarios desde hace años, ni nos inmutamos ante la creación de una Fuerza de Despliegue Rápido; pero, el decreto de Macri ha soltado un escupitajo a nuestra capacidad de recordar. Por eso, el jueves pasado, en todo el país se convocaron a masivas manifestaciones en contra del regreso de estas prácticas que, para combatirlas, se necesita Memoria, porque construir una explicación de la historia es parecido a construir el esqueleto de un acto.

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