#CUENTO

LA FÓRMULA

Por Luis Parodi

 

Después de haberme traído la comida y el agua de anoche, el alemán no volvió a bajar al sótano donde me mantiene encerrada desde hace ya unos días. Trato de contener el pánico y pensar con más claridad. En un primer momento pensé que, al haber conseguido la información que necesitaba, ya no le sería útil y acabaría con mi vida. Pero no fue así. Sigo estando aquí, atada en una silla y en la oscuridad de este sótano húmedo y mugriento, tratando de pensar en una manera de escapar.

 

Trato de alejar por un momento el pesar por haberle dado a este monstruo la información que necesitaba, pero amenazó con matar a cada uno de los integrantes de mi familia, a quienes me describió con rasgos y datos muy concretos. De seguro se trata de alguien capaz de hacer eso y mucho más, por lo que terminé contándole lo que sabía de la investigación de Esteban, e incluso la dirección de su casa. Debí saberlo antes: el buscar un conocimiento de tal magnitud seguramente y más temprano que tarde, llamaría la atención de personas poderosas y peligrosas. Sólo espero que él esté bien. Mientras tanto, sigo luchando por librarme de las sogas que me mantienen prisionera.

 

***

 

No lo hice por fama, tampoco por reconocimiento. Mucho menos por dinero, eso ni siquiera se me cruzó por la cabeza. Mirando un poco hacia atrás, creo que fue una mezcla de curiosidad e intuición lo que me motivó a buscar esa fórmula que lo explique todo. Empezó como una duda, una pequeña picazón en algún rincón casi olvidado del cerebro, hasta transformarse en una obsesión. Una que me ha tenido trabajando durante los últimos 10 años, y que me ha costado muchas cosas, tanto a nivel personal como económico y laboral. Si existe la proporción áurea, que se reproduce en incontables objetos y disposiciones en el universo, ¿por qué no ha de existir una fórmula que explique la existencia misma?

 

Fueron 10 años de frustraciones, de prueba y error, de llegar hasta el borde para terminar retrocediendo más de lo que se había avanzado. Pero hace un mes pude ver la luz. No, no morí ni estuve a punto de hacerlo. Pero en la actividad cerebral menos esperada pude encontrar la respuesta al interrogante. El componente crucial de la fórmula, aquel que se negaba a aparecer durante las largas y -muchas veces- frustrantes jornadas de análisis, llegó en sueños. Aquella mañana al abrir los ojos y contemplar la claridad, pude ver mucho más que eso. Me puse a trabajar febrilmente, aferrándome a esa idea para que no se terminara diluyendo entre el sopor matinal, como suele pasar con la mayoría de las historias escritas en ensoñaciones. Ese mismo día con el renovado ímpetu de poder, finalmente, avizorar el final del trayecto, lo logré. Llegué a desentrañar la fórmula que explica la existencia de todo. No sólo de la vida, de todo. Una fórmula que puede desenmadejarse hasta el mismísimo inicio de los tiempos, llámenle Big Bang, creación, o como quieran. Logré dar con la fórmula de Dios.

 

Claro que en mi febril búsqueda de esa verdad, ahora revelada, pasé por alto algo que ahora era el objeto central de mi preocupación: ¿qué hacer con semejante información? ¿En quién confiar? No son tiempos, considero, en los que una revelación tal pueda ser transmitida libre y despreocupadamente, hay muchos intereses en juego, acá en Argentina y en el mundo. Con toda esta carga sobre mis hombros, me he visto convertido en un paranoico de manual. Me acostumbré, en este último mes, a mirar constantemente sobre mis hombros. A darme vuelta al azar, para ver si alguien me persigue. Ciertamente, los nervios son mucho mayores a cuando aún no lograba desentrañar el enigma de la fórmula. A todo esto no ayuda que Lorena, una de las pocas personas que sabía en lo que estaba trabajando, ya no responda a mis llamadas. Lorena llegó hasta mí con la excusa de ser una pariente lejana que estaba construyendo su abolengo, y que mi bisabuelo sería hermano del suyo, quien habría vivido y muerto en la distante Colombia. De entrada desconfié de esta excusa, aunque accedí a encontrarme con ella para ver cuáles eran sus verdaderos motivos. Esto de jugar al detective como en las novelas de Chandler siempre me atrajo. Si uno se pone a ahondar, el trabajo detectivesco es muy similar al trabajo científico, sólo que con cigarrillos y whisky en lugar de probetas y pizarrones. O por lo menos así lo es en el glamoroso e irreal mundo de los libros de ficción. Lorena terminó siendo una periodista que, de alguna manera que aún ignoro, había tomado conocimiento de la búsqueda en la que estaba trabajando. Un poco por seguirle el juego, otro poco porque me cayó realmente bien, decidí darle a conocer algunas pistas acerca de la fórmula. Obviamente, no le di los elementos suficientes para inferir que la había completado. Ahora no atiende, tampoco había nadie en su casa… y sentado en este café, al lado de la ventana mientras miro cómo la gente pasa y el cigarrillo encajado en el cenicero se consume solo, desconfío de casi todos.

 

Como el tipo de dos mesas más allá, por ejemplo. Con esto de la paranoia, uno empieza a fijarse en detalles que antes quizás pasaba por alto. O a lo mejor sea una consecuencia más de mi gusto por las historias de detectives. Pero este rubio… algo raro tiene. Esos guantes negros con los que sostiene el diario, la forma en que lo mira pero parece en realidad no prestarle atención… incluso el acento extraño con el que le pidió el café al mozo. Pero bueno, a lo mejor soy yo. Quizás mi mente, de tanto hacerla trabajar, me está jugando malas pasadas. Pero por las dudas, pido la cuenta y me voy. Para un paranoico que esconde el secreto de la existencia, no es recomendable estar mucho tiempo en un solo lugar.

 

 

***

 

Cuando colgué el teléfono todavía no terminaba de comprender exactamente la conversación que había tenido. Parecía un diálogo de ficción. Pese a que pasaron más de dos semanas, todavía podía recordar casi exactamente las palabras de mi superior: “Otto, al parecer, hay alguien en Argentina que ha descubierto una fórmula que explicaría toda la existencia. Queremos que vayas allá, averigües y, de ser cierto, consigas esa fórmula para el Reich”. Pese a que por mi manejo fluido del español era lógico que me seleccionaran para una misión en esa parte del mundo, el objeto de la misión era por demás extraño. ¿Una fórmula que explique la existencia? Siempre creí que ese era un terreno de las religiones y la metafísica. No comprendí en aquel momento el alcance que un descubrimiento semejante podía tener, e inmediatamente comencé a alistarme para el viaje hacia la parte sur de América.

 

Lo primero que noté luego de llegar a Buenos Aires es que era cierto lo que se comentaba de ella: en gran parte se asemeja mucho a una capital europea. No sólo por sus construcciones y su arquitectura, sino también por sus habitantes. No hay prácticamente negros y mulatos como en otras partes de Latinoamérica, sino que la mayoría de los inmigrantes han venido (y siguen viniendo) de Europa. Algo que ayudó, sin duda, a que mi acento pasara un poco más desapercibido. Gracias a contactos en puestos clave del gobierno argentino pude superar el control de Migraciones sin ningún inconveniente, e incluso me habían conseguido ya una casa en la ciudad. Un elemento crucial porque un espía no puede desarrollar completamente sus actividades en un hotel, que es un lugar que tiene una exposición y un movimiento de personas muy grande. En el caso de la casa que se transformó en mi sede de operaciones en Buenos Aires, tenía dos características fundamentales: está ubicada en un barrio tradicional lo que asegura poco movimiento, sobre todo por las noches, y cuenta además con un sótano. Esa habitación resultó fundamental para poder llevar adelante mis averiguaciones, que me condujeron hasta este momento, en el que estoy muy cerca de dar con la persona que estoy buscando: un matemático de nombre Esteban que acaba de levantarse de una mesa cercana del bar, y se dirige hacia la salida.

 

Sigo al científico desde la distancia que la prudencia y mi entrenamiento aconsejan. El hombre parece estar un tanto paranoico, lo cual me lleva a extremar las precauciones. Según mis fuentes, su casa no queda lejos de este lugar, pero quiero estar seguro para poder planificar los pasos a seguir de la mejor manera. Avanza unas cuadras por una concurrida avenida, para luego doblar en una calle lateral poco transitada. Me tiento de abordarlo en ese momento: la oscuridad y la soledad de la calle serían mis aliadas. Pero no tendría manera de trasladarlo hasta mi base de operaciones, mejor actuar con paciencia. Una vez confirmado su domicilio, vuelvo a mi casa transitoria: es hora de alimentar a mi huésped del sótano y alquilar un vehículo.

 

Consigo un automóvil lo suficientemente discreto como para no llamar la atención, y por la madrugada empiezo a montar guardia frente a la vivienda de Esteban. Sale de la casa apenas despuntada el alba, y mira para ambos lados antes de cerrar la puerta de calle. Me acerco por detrás, sigilosamente, y el pañuelo con Cloroformo hace el resto del trabajo. Lo cargo rápidamente en el asiento trasero del auto antes de despertar cualquier sospecha, y vuelvo por el camino más corto a mi base de operaciones. Decido atarlo a una silla en el comedor de la vivienda y no en el sótano: no es conveniente interrogar a dos personas relacionadas en la misma habitación. Primero tengo que determinar si es cierto el descubrimiento que llevó a cabo y, de ser así, la orden primaria es la de convencerlo de trabajar para el Reich. Un científico con la capacidad de desarrollar un conocimiento semejante sería un agregado clave para la construcción de un nuevo imperio, uno donde la raza aria pueda concretar su destino de grandeza. En caso contrario, debo obtener la fórmula a toda costa y luego disponer de la vida de su descubridor: el riesgo que representaría ese conocimiento en otras manos es demasiado grande.

 

Me sorprendo al descubrir que Esteban no está asustado al despertar atado a una silla, en un lugar extraño. Más allá de la sorpresa inicial, parece haber calma y hasta cierto dejo de alivio en su expresión y en su forma de hablar: casi como si hubiera sabido que este desenlace era inevitable y que estaba esperando que sucediera. Eso me dio la corazonada de que el descubrimiento era real. Sólo alguien que se sabe poseedor de un conocimiento superior puede estar seguro de que vendrán por él.

 

***

 

De repente, ruidos en la parte de arriba de la casa. Seguramente este maldito nazi ya regresó, pero esta vez los sonidos son diferentes. Se sienten muebles que se corren, y pasado unos minutos, algunos golpes. Mientras tanto, logro que una de las cuerdas que me aprisionan se afloje lo suficiente para que mi muñeca pueda empezar a girar dentro de la atadura. Ignorando el ardor que provoca la fricción la muevo constantemente hasta que el milagro ocurre: logro liberar mi mano derecha. A partir de ahí, y temiendo ser descubierta empiezo a trabajar incansablemente, buscando la manera de liberarme por completo. Afortunadamente, eso sucede antes de que la puerta del sótano vuelva a abrirse. En la oscuridad me acerco a la misma: es de esas puertas horizontales que se levantan como una tapa. Antes de descubrir que mi captor fue lo suficientemente descuidado como para dejarla abierta, escucho un poco a través de la misma. Descubro que el alemán está hablando con alguien más. Es una voz de hombre y luego de unos segundos caigo en la cuenta de que se trata de Esteban. Ser responsable de su captura me hace sentir enormemente culpable, y decido hacer algo por ello.

 

Lenta, lentísimamente comienzo a abrir la tapa del sótano, tratando de no realizar ningún ruido. Por suerte la casa es grande, y el acceso al sótano se ubica a un par de habitaciones de distancia de donde el secuestrador y Esteban se encuentran. A mi derecha, puedo ver una habitación con la puerta abierta, y decido meterme inmediatamente en ella. Parece ser que se trata del cuarto de esta basura, puedo ver un uniforme nazi completo colgado de un perchero. Empiezo desesperadamente a revolver la habitación con el fin de encontrar algo que pueda usar como arma cuando la suerte, por fin, me favorece. Insertada en su funda de cuero, lustrosa y brillante se encuentra una de esas pistolas con el cañón más fino que el resto del cuerpo, que los soldados alemanes suelen usar. La levanto, parece estar lo suficientemente pesada como para estar cargada con balas. Tiene una pequeña palanca en la parte de atrás con la escritura Gesichert. Intuyendo que se trata del seguro, la muevo. Tomo la pistola con las dos manos y me dirijo al comedor.

 

Me oculto en la oscuridad, tras el marco de la puerta. La escena que puedo ver, apenas iluminada a franjas por la luz que se filtra a través de la persiana, es patética. Allí está Esteban, un genio víctima de su propia genialidad. Atado a una silla con las manos detrás, como lo estuve yo hace momentos nada más. Su cara es prácticamente irreconocible. Está hinchada y sangra profusamente a través de varios cortes, producto seguramente de los golpes de nuestro torturador, quien abandonó su pulcro traje y se calzó una especie de delantal de cocina. Al parecer estos cerdos nazis no tienen problemas en manchar sus manos con sangre, pero sí su ropa. Justo en ese momento deja su manopla dorada adornada con un águila en la mesa contigua, y toma de la misma un encendedor igualmente dorado, y un paquete de cigarrillos. Se da vuelta levemente para encender el cigarrillo, quedando de esa manera de espaldas a la puerta en donde estoy encaramada.

 

El susto, el horror amenaza con no dejarme reaccionar, pero la repulsión hacia este bastardo, a su ideología, a su forma de actuar es aún mayor. Me decido: no habrá momento mejor que este. Levanto la pistola frente a mí, tomándola con ambas manos. Avanzo uno, dos pasos. Lo suficiente como para asegurarme de no fallar. Apunto, cierro los ojos, y aprieto el gatillo. Una, dos, tres veces. Abro los ojos. Mientras el estruendo de los disparos aún flota en el aire, veo el cuerpo del alemán caer desplomado. Su torso rebota en la mesa dejando una mancha de sangre para finalmente caer desparramado en el suelo. Su rostro refleja una mueca de sorpresa mientras los últimos estertores de la muerte recorren su cuerpo. Alzo la pistola para descerrajarle un tiro más, tal es el odio que me causa, pero la voz de Esteban me llega desde del otro lado de la habitación.

 

- Lorena, ya está, lo hiciste. Mataste a este hijo de puta. No sigas, por favor. Tengo algo que pedirte…

- Esteban… sí, ya te desato.

- No… no es eso. He tomado una decisión. El conocimiento que descubrí es muy peligroso para existir, y una carga demasiado grande para que una persona la pueda llevar. ¿Te imaginás lo que podrían hacer estos animales con una fórmula así? Los alemanes tienen científicos importantísimos, eminencias que están cegados por el todopoderoso Reich. Serían capaces, incluso, de aplicar una ingeniería reversa y crear una fórmula anti-existencia. Sin duda, que no les temblaría el pulso para usarla.

 

Mientras lo desataba, comencé a intuir por dónde venía el pedido de Esteban, pero no quise ni siquiera contemplarlo por un segundo. Después de todo, en parte era culpa mía el que él estuviera aquí, siendo torturado.

 

- Necesito que uses esa pistola para matarme -dijo finalmente.

- ¡Estás loco! Acabamos de salvarnos, y me pedís que te mate, ¿perdiste la cabeza?

- No, la cabeza la perdí cuando busqué un conocimiento que no es para que el ser humano lo tenga. Ahora veo todo más claro. Esa fórmula no debe estar nunca disponible, para nadie. Y yo soy el único que la sé. Ni siquiera guardé un registro en algún lado. Un balazo será la solución. Luego pondrás el arma en mi mano y saldrás de aquí. Todo parecerá un intercambio de balazos entre un nazi y su víctima. Sé que es tremendo lo que te pido, pero posiblemente estés salvando a la humanidad. ¡No! No sólo a la humanidad… a la existencia toda.

 

Le costó un par de argumentos más a Esteban para finalmente convencerme. Volví a tomar el arma, esta vez envuelta en un trapo que encontramos en la cocina. Las lágrimas que brotaban sin parar desde mis ojos casi no me dejaban ver, y casi sin fuerzas levante el arma hasta prácticamente apoyarla en el pecho de Esteban.

 

- Adiós, Lorena… y gracias.

 

Esas fueron sus últimas palabras. Nuevamente, cerré los ojos antes de tirar del gatillo. Una sola vez fue suficiente para que el cuerpo de Esteban, ya sin vida, cayera hacia atrás. Pese a su rostro casi desfigurado por los golpes, podía llegar a entrever un dejo de serenidad en su expresión final. Sin parar de llorar, coloqué la pistola en su mano derecha y la cerré alrededor de la misma.

 

Miré alrededor. Tanto desastre simplemente por la curiosidad. La de Esteban, por hallar esa fórmula. La mía propia, por tratar de averiguar si tal cosa era posible, y jugar a la femme fatale como rol en mi oficio de periodista. Miré al nazi por una última vez, y pensé en el horrible flagelo que le esperaba a la humanidad si, finalmente, triunfaban. Por lo menos, pensé, no sería por nuestra culpa. Salí de la casa por una ventana, no deseaba que las llaves de la puerta principal tuvieran mis huellas, además de que no quería perder tiempo en buscarlas.

 

Llegué a mi casa, me bañé e intenté dormir. Fue en vano, no podía dejar de pensar en lo sucedido. Tomé real dimensión de lo mucho que me costaría desprenderme de esta tragedia cuando el editor del diario, luego de regañarme por el par de días de ausencia, me ordenó que fuera a cubrir un extraño doble homicidio, sucedido en una casona en un barrio acomodado de la ciudad.

 

 

 

 

 

 

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