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por Luis Parodi

En la recorrida barrial que impulsa el FRE.M.A.C a través de sus Festivales Insurrección, el pasado sábado le tocó el turno a Barrio General Paz de recibir no sólo los sonidos de las bandas y artistas que componen el Frente, sino también su mensaje de concientización. Una toma de posición, una manera de encarar su arte (y su trabajo) que ellxs ya asumieron pero que, para que realmente tenga un impacto duradero en la forma en la cual se produce música en vivo en esta ciudad, necesita de la adhesión de cada vez más músicos, sonidistas y, claro está, productores.

 

El sol pegaba fuerte contra la fachada posterior del Museo de la Industria. Quizás todo un símbolo a la hora de elegir un lugar donde llevar a cabo el Festival. Si nos ponemos a pensar, muchas veces esa cosa amorfa denominada genéricamente como “el sentido común” tiende a poner a las expresiones culturales autogestivas en contraposición con el trabajo organizado y llevado a cabo profesionalmente, el cual sí suele reconocerse a ese conglomerado conocido como “industria de la música”. Pues bien, sépalo de entrada querida lectora, querido lector: esta gente viene muy en serio.

La Industria de la Independencia

 

Festival Insurrección VI

 

explanada Museo de la Industria

El sol todavía obligaba a los presentes a buscar el refugio de un árbol o una columna cuando empezaron a atronar los primeros acordes a cargo de S.A.D.E. La formación de rapcore, que acaba de editar hace apenas unos días su EP Dependencia de Autómatas, fue el fortísimo plato de entrada del Festival. Como para que los vecinos fueran comprendiendo de lo que se trataba. En un fuerte set sin fisuras, dejaron en el aire una sucesión de canciones con una fuerte carga social, en líricas escupidas en un flow intenso que recuerda al del gran Zack De la Rocha, aunque alternadas con pasajes más guturales e incluso secciones relatadas. Todo esto cabalgando sobre una pared sonora hardcore que, por momentos, recuerda a las primeras y más crudas encarnaciones de A.N.I.M.A.L.

Llega el primer impasse de la tarde, momento aprovechado por muchxs para buscar hidratación (o, en todo caso, combustible para lo mucho que queda de festival). Aparecen a continuación sobre el escenario los Antipánico. Quizás una de las propuestas más jóvenes en integrar el FRE.M.A.C, presentan un sonido donde las vertientes musicales son variadas, yendo desde el indie al blues, y pasando por el rock más crudo y más clásico. Alternando el protagonismo vocal entre sus dos guitarristas, cada uno con un estilo interpretativo bien diferenciado, suponen una esperanza para la escena musical de Córdoba el saber que bandas que están todavía en los albores de su andadura musical, ya tienen bien el claro la consigna principal de la agrupación: “no pagamos por tocar”.

Desde Arroyito, y cuando el sol comenzaba ya a tomar su curva descendente, reforzando las luces del escenario con sus tonos naranjas, llega Los Motivos del Lobo. Si bien uno busca evitar caer en la tentación de denominar “power trío” a cualquier agrupación rockera que esté compuesta de tres integrantes, estos muchachos realmente hacen honor al mote. Con canciones contundentes que por momentos coquetean con el sonido áspero de bandas como Motörhead, pero con fraseos más cercanos al blues y al rock and roll de tradición motoquera, dejaron en claro por qué uno de los integrantes de Antipánico antes de bajar del escenario exclamó: “ahora se viene Los Motivos del Lobo, una banda que tengo muchas ganas de ver”.

Como decíamos, no todas las bandas de tres integrantes de pueden definir como “power trío”. En el caso de Barro, es aún más difícil tratar de definir su música. Con la experimentación como fuente primigenia y sin necesidad de que la voz humana interceda entre lo que emanan sus instrumentos y nuestros oídos, los Barro meten sus pies en el metal progresivo para, desde allí, pegar el salto y expandirlo hacia los confines de la psicodelia, sin por ello dejar de pasar por las galaxias del Doom, los pasajes rifferos más convencionales o, incluso, el jazz. Los sonidos generados, conjugados con la oscuridad que ya ganó el pequeño bosque arbóreo del parque José María Paz, y las alargadas sombras de los espectadores atónitos frente al escenario, nos hacen dudar si no estamos frente a un evento onírico del cual no queremos ser despertados.

El siguiente intervalo es mucho más breve por una razón: el próximo set es el de Víctor Garay, y solamente sonarán las cuerdas de su guitarra criolla. Como él mismo lo aclara en una parte de su show: “como no uso pedales, cambio la afinación de la guitarra”. El resultado es no menos hipnóticos que si frente a él se desplegara un arsenal de cables, efectos y sintetizadores. La simbiosis que se forma entre músico y guitarra es envidiable, y junto a las ya mencionadas afinaciones poco convencionales, hacen que broten de un instrumento que muchas veces damos por sentado, sonidos que no creíamos (hasta ese momento) fuera capaces de generar. Composiciones propias y versiones de estándares le pusieron brillo intimista a un festival mayormente dominado por la distorsión.

Último receso y llegó el turno de los LoudShit. Otro trío, en este caso con fuerte raigambre en el grunge (sí, hubo camisa a cuadros sobre el escenario), mirando hacia las cosas buenas de los ´90 como los fuertes ventarrones sonoros de bandas como Nirvana y Alice In Chains, pero condimentado con ciertas influencias de la oleada musical que sobrevino después, el nü metal. Y claro, ciertos toques punk sobre los cuales el grunge suele apoyarse. Canciones urgentes, furiosas en su mayoría, compusieron el set de los LoudShit que sonaron con un volumen y una convicción dignos de la primera parte de su nombre.

 

Como todas las bandas que pasaron por esta y las anteriores ediciones del Insurrección, se tomaron su tiempo para volver a insistir sobre las bases que dieron formación, hace un año ya, al Frente de Músicos Auto Convocados: mejores condiciones para los músicos, el ocupar los lugares públicos para el aprovechamiento de la cultura independiente. Ah, y sí: no pagamos por tocar.

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