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Todo el mundo

está feliz

por Luis Funes

RELATO

Había hecho un buen plan: huir de vacaciones a la montaña, al río, a cualquier valle, y leer un libro. El lugar elegido fue Mendoza, con su aporte etílico, su sol punzante y sus hipnóticas arboledas; el libro que fue decantándose como necesario fue El Cuento de la Criada (The Handmaid’s Tale, 1983), de Margaret Atwood. Las noches de series en los largos inviernos calientan el cuerpo y activan la lectura. El plan incluía, además, la búsqueda desmesurada de cierta soledad, de algún tipo de aislamiento, no porque lo viera como indispensable para leer, sino porque no tenía ganas de ver gente.

 

El silencio era el verdadero plan. El silencio y el ruido de las cosas no humanas: el agua, los pájaros, el viento, las moscas.

 

Como un auténtico fugitivo fui buscando alejarme de las risas invasivas, de los latigazos de la modernidad artificial, intentando recluirme en una sigilosa nada. Lo iba logrando, hasta que se hizo trizas el universo con la aparición de (H)umberto. No se me ocurrió preguntarle si su nombre era con hache, tampoco le había preguntado su nombre, ni me ofrecí a darle el mío. Apareció sorpresivamente, arrastrando su blanca piel y esos dientes gigantes, que sobresalían de su movediza boca. La estridencia de su voz rompió aquella siesta de ruiditos leves. En pocos minutos, supe muchas cosas de él: era un jubilado de San Fernando (Bs As), hablaba como si fuera “de guita” y se enorgullecía de su intendente, otrora massista y ahora cambianchero, Luis Andreotti. Contó que “por 160 pé al mes puede hacer un montón de actividades en un Centro de Jubilados Municipal”; y agregó: por una de esas actividades, por ejemplo, yo pagaba 700 mangos con mis amigos en el club.

 

Está contento, pensé, y busqué entonces que se enojara un poco con el mundo. A usted todo debería salirle gratis, le dije. Usted le dio todo al sistema, insistí. Pero, lejos de lograrlo, vi a un jubilado extasiado con las obras de su intendente. Era casi su amigo: para comprobarlo, relató una escena en un evento donde el intendente se refería a nuestro amigo por su nombre. Me conoce, aseveraba recurrentemente. (H)umberto estaba feliz, no había vueltas.

 

¿Seguirá sintiéndose feliz (H)umberto ahora que paga más cara la luz y también pagará más por el agua que allí, en la montaña, disfrutaba gratis? ¿Seguirá pensando que lo que le da su intendente es todo lo que se merece después de 38 años de trabajo? Contó muchas cosas en pocos minutos, como dije.

¿Sólo eso merece, cuando aumentaron el gas, la nafta, el peaje, el pan, la birra, los cigarrillos, los medicamentos y la comida para el perro? ¿Seguirá disfrutando de su ocote cuando vuelva a San Fernando, como está ahora disfrutando del chapoteo en el agua? ¿Seguirá sintiendo orgullo de su suerte cuando vuelva a su pago, cuando el intendente lo llame por su nombre, mientras están lloviendo los despidos tanto en el ámbito público como en el privado, hay presos políticos en Argentina y un Estado gendarme que reprime hasta la muerte?

 

Hubiera querido decirle un montón de cosas, pero sus convicciones -basadas en una extraña idea de la felicidad y una profunda fe en algo (“estos que están ahora son gente más seria”)- eran de acero. Recordé que había dejado la novela en unos de los tantos laberintos en el tiempo que habitan en ella. Defred (Offred) –que todavía no se llama así- está escapando con su compañero Luke y su hija drogada. Es un momento intenso, en el cual no parece haber salida. Abrí el libro y volví a la novela, para no enrollarme a discutir con el señor. Prefería otro tipo de electricidad. Quería silencio, en realidad, un escape a ningún lado. Irme.

Ciertamente lo había logrado. Me fui por un espacio de tiempo inconmensurable. En un rato (no recuerdo cuanto, solo sé que pasé varias páginas) ya estaba de nuevo en un mundo distinto. Un mundo placentero, porque Atwood escribe con una genialidad cortante. Un mundo en brumas, porque en el texto la ignorancia y la violencia reinan en el país del norte; en este Estado Teocrático ya no se les permite leer a algunas personas y la libertad es una palabra prohibida. En esa pestilencia, se desconoce la textura casi asfixiante que tienen las hojas de un libro. Uno está en peligro si el personaje está en peligro. ¿Estoy leyendo una historia acerca de un futuro en un libro que estará probablemente prohibido en ese futuro?

 

Están por descubrirlos: Defred (Offred) va a explotar y lo arruinará todo. No cree que pasarán el control. Puedo imaginarme mi cara: siento que me muerdo los labios. Algo explotará. Pero no, lo que estalla es otra vez (H)umberto. No sé lo que me dijo, quizás me contó de algunos lugares que conocía. O quizás le cargó las culpas a los piqueteros de algo que no presté atención. No lo escuché: estaba enojado por su falta de respeto. Estaba leyendo una novela. Podría haber sido poesía, o el diario, o simplemente podría haber estado mirando un ave en un folleto de propaganda turística. Leer es una actividad que normalmente merece respeto. Ya no me importaba contestar. Solo salían monosílabos de mis labios-cada vez más apretados-, y a veces ni siquiera eso. Eran como gruñidos, muecas internas de la garganta. La historia atragantada de un bocado. Ganas de escupir y no poder.

 

Sin lugar a dudas, (H)umberto había ganado la partida. Su discurso fue demoledor, no por los argumentos que deslizó, sino porque repitió incansablemente una serie de slogans ya devastados por el tiempo (o por lo menos deberían estarlo). Lo suyo era un acto de fe, una fe necesaria para sus convicciones. La misma fe funcional a la aparición de un Estado policíaco y violador en The Handmaid’s Tale. Había ganado porque había hablado al final. Tuvo la última palabra, como los incansables robots de televisión.

 

No sé en qué momento desapareció (H)umberto. No me di cuenta cuando se fue. Estaba demasiado ensimismado. Ya no pensaba en él, ni en Gilead (así se llaman los EEUU en la novela): el desperfecto en mi plan (o sea, un jubilado feliz) me había sacado de la efímera inmortalidad de un docente de vacaciones y me había devuelto a este mundo. Estaba tomando de mi propia medicina: estaba enojado con el mundo, inevitablemente. Quise que se enojara y terminé enojado.

 

Había hecho un buen plan, que de todas maneras se cumplió: la novela la terminé leyendo por distintos lugares, y me gustó el final. Claro, me gustó mucho más recorrerla: se siente bien leer textos tenazmente esperanzadores en el medio de una trama asfixiante, controladora, ultrajante. Una novela que nos alerta sobre lo pelotudos que podemos llegar a ser. Claro, no me gustó confirmar, casi en el mismo instante, que estar rodeado de pelotudos puede ser muy peligroso.

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