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LA GUERRA

DEL CERDO

Reforma previsional y represión.

14 de DICIEMBRE de 2017

Por Luis Funes

Ph: Fer Bazán

Sin crueldad no hay fiesta. Friedrich Nietzsche (La genealogía de la moral)

 

Matar a un viejo equivale a suicidarse. Eso susurraba Bioy Casares a fines de los 60s al contar la historia de Isidoro Vidal, un señor mayor de Palermo, que eludía los peligros emanados del desprecio por la madurez en la novela “Diario de la guerra del cerdo”. Esta narración magistral de Bioy escarba en la idea de la vejez como una etapa que ya no debe existir. Sobre todo porque incomoda, no tiene mucho valor de mercado, va en dirección a su última puerta y las piernas se cansan más por el peso aplastante de los años. Lo más interesante es que los argumentos en contra de la ancianidad no son ofrecidos por sus enemigos en la novela –los jóvenes- sino por los mismos viejos. Odian la vejez, ni siquiera creen haber llegado a esa etapa: si pudieran, votarían en contra de lo que son.

 

En la Argentina de los últimos tiempos, entre tantas guerras declaradas –contra los trabajadores, los estudiantes, los movimientos de mujeres, las personas que viven en las villas, los pueblos originarios, los desocupados, los movimientos sociales y políticos, las murgas barriales, etc.- hay una muy sensible que se ha desatado.  Nos referimos a la violencia estatal contra los viejos, es decir los cerdos en la pluma de Bioy Casares.

 

El gobierno del presidente Macri ha intentado imponer mediante diversas estrategias una reforma previsional que se ha pensado en las miserables oscuridades de los lujosos sillones de Wall Street. Una mal llamada reforma que forma parte de un combo más amplio, donde se incluyen modificaciones en el sistema tributario, las relaciones laborales y la educación pública, entre otros. Por un lado, la estrategia del apriete a los gobernadores; una simulación acuerdista dentro de un contexto de profundo ajuste, favorecido por la prepotencia extorsiva de la billetera nacional y por la miseria ética y política de los capataces del Interior. Por otro lado, el gobierno nacional viene apelando a la complicidad de sus socios no tan secretos, los medios masivos de comunicación: así, hemos asistido durante semanas a distintos culebrones que nos han sacado de un plumazo de la realidad para hundirnos en la más pura fantasía esquizofrénica. Finalmente, desde el área de Seguridad se ha desarrollado la otra estrategia, la de la represión, el hostigamiento y la violencia estatal; en una semana, se han soltado los perros de Gendarmería, Prefectura, Policía Federal, entre otras, para disciplinar el hartazgo que ha comenzado a crecer en las calles a raíz de las políticas económicas del gobierno nacional. A la ocupación militar de la Ciudad de Buenos Aires en la cumbre de la OMC, le siguieron otros episodios violentos, como el que se desarrolló este jueves cuando el gobierno intentó hacer aprobar el proyecto de ajuste previsional. Un Congreso sitiado por fuerzas de seguridad que no dudaron en reprimir con balas de goma y camiones hidrantes a una gran cantidad de manifestantes que se dieron cita allí, además de herir impunemente a tres legisladores de la oposición.

 

Esa violencia estatal –diseñada y programada vilmente- no era solamente contra los presentes: las balas fueron contra la vejez, contra lo que ya no es necesario, contra aquello que parece sobrar. El proyecto que se intenta hacer aprobar mediante engaños, balas e idiotización mediática está destinado a sacarles dinero a los jubilados actuales y futuros. ¿Por qué a los jubilados? Desde que asumió este gobierno se han profundizado dos líneas de gestión. Por un lado, el creciente e histórico endeudamiento del gobierno nacional y las provincias que demandan que las cuentas públicas se deban ajustar para superar el déficit; problema profundizado por la emisión de Letras del Banco Central (Lebacs) para que los timberos del mundo, al ver el casino abierto, vengan a invertir algunos dólares para luego llevarse miles de millones, sin hacer nada, sin prender una sola máquina o alquilar un galpón. Por otro lado, según el Centro de Economía Política Argentina en un estudio sobre la represión de la protesta socio-laboral desde enero de 2016 a noviembre de 2017, hubo un caso cada siete días, y un detenido y un herido cada dos días. Si bien no parecen implicarse ambos aspectos, no quedan muchas dudas que Argentina se ha lanzado a un abismo en términos económicos y sociales que va a necesitar que cierre con represión violenta. Les sacan a los más necesitados para favorecer a los más ricos, a quienes se les da todo, por el solo mérito de querer tenerlo todo.

 

Mientras los rufianes intentan empacharse de crueldad y los gendarmes tiran y tiran, una buena parte de la sociedad mira para otro lado, como replicando esas actitudes distópicas que terminan en dolor y enajenación. Como en la historia de Bioy Casares.

 

En la novela de Bioy, “(los jóvenes) entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven”. “Los viejos al hablar escupimos”, dice otro pasaje desgarrador. Quizás, deberemos tener el corazón agitado de tanto escapar de la cacería, para darnos cuenta que el capitalismo apuntaba sus fusiles contra nosotros, los futuros cerdos, y que la crueldad está reservada solo para quienes están de fiesta.

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