MI VIEJA CRIÓ A UN IDIOTA

Por Luis Funes

Ilustración: SanFierro

Algunas noticias suelen dejarnos sin palabras por varios días. Ciertas declaraciones nos zamarrean del brazo, para darnos de cabeza con la certeza de que hemos sido entrenados para contemplar todo sin cambiar nada de nosotros mismos y del entorno.

Hace unos días, apareció la noticia de que el ministro de Educación de la Nación Esteban Bullrich había hablado frente a empresarios, mientras participaba de la 22° Conferencia Industrial Argentina organizada por la Unión Industrial Argentina (UIA). Allí, Bullrich encabezaba junto a Jorge Triaca, ministro de Trabajo de la Nación, y Juan Carr, de Red Solidaria, un panel denominado Industrialización y reducción de la pobreza. En dicha ocasión, disparó: "Queremos que la educación en la Argentina de 2030 sea una de las mejores del mundo. Si tenemos la mejor educación tendremos las mejores empresas del mundo. Para eso debemos preparar recursos humanos de excelencia. Debemos recorrer juntos el camino. Estoy agradecido de estar parado acá. Me paro ante ustedes como gerente de Recursos Humanos, no como Ministro de Educación".

A veces, la realidad es menos compleja y más cristalina de lo que sospechamos, sobre todo si nos animamos a parar la pelota y revisamos lo que acabamos de oír o leer. La frase del ministro, escupida frente a una parte de los dueños del país, contiene una promesa que parece de sentido común; me refiero a la eficiencia o excelencia que nadie estaría en condiciones de negar. Muy pocos se atreverían a cuestionar que en este mundo de intercambio de bienes, las empresas sean eficientes, y que para tal fin, sus trabajadores estén bien preparados.

 

Pero, su frase contiene otro elemento que aparece casi silenciosamente expresado y que está vinculado a su campo de gestión pública, la educación. En ese sentido, lo que parece positivo para una empresa no necesariamente lo será para la escuela, sobre todo cuando el hilo conductor es la racionalidad en términos de ganancia en el mercado. Si las escuelas tienen como objetivo vomitar mano de obra especializada al mercado, lo que se realiza en sus aulas no será el resultado de un acto educativo.

 

Los maestros despliegan en el aula un globo de gestos, palabras y sensaciones, que deja volar entre los rayos de luz que entran por la ventana, para que los estudiantes jueguen con él, se lo pasen de mano en mano y lo destruyan si hace falta. Y cuando todo eso ocurre, hay posibilidades de aprendizajes, que se constituyen en actos de libertad. En cambio Bullrich plantea un horizonte que cierra la posibilidad de encontrar en la escuela lo que nos haga autónomos, verdaderamente soberanos. Así, se nos impone la hipócrita acumulación de bienes como estilo y la resignación como sistema de vida; una escuela (con maestros mal pagos) que nos limita a cumplir consignas con la mayor eficacia, pero también con crueldad e indiferencia. Una escuela que no enseña derechos, ya que así lo requiere cualquier empresa. No vaya a ser que se nos rebelen los muchachos. No vaya a ser que perdamos plata.

LUIS PARODI:

TIEMPO DE DESCUENTO

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