TIEMPO DE DESCUENTO

 

Por Luis Parodi

20 DE diciembre DE 2016

La noche, esta noche, era una de esas noches de verano en las que el aire parece estar suspendido. Tan quieto estaba, que parecía ni siquiera transportar el sonido. Todo estaba llamativamente silencioso, sobre todo para el ritmo inquebrantable que estas hiper-ciudades suelen llevar.

María contemplaba, casi desnuda, el edificio que se erguía justo en frente de su balcón. Una mole interminable de cemento, vidrio, luces y acero; que asemejaba ser una ciudad en sí mismo. Tomó un sorbo de la taza que sostenía con ambas manos y pensó en toda la gente que habitaba ese coloso de la modernidad.

- “Pobres”, dejó escapar suavemente, casi de manera inaudible de sus labios. “Ni saben lo cerca que estuvimos. Bah, ningún pobres. En casos como este, bien vale el dicho que dice: la ignorancia es dicha”.

Volvió hacia adentro y dejó la taza sobre la mesa: el té estaba horrendo. Si es que podía llamársele té a ese menjunje con el que se intentaba sustituir al original. Cada vez que lo tomaba le hacía recordar a un polvo para preparar té helado, que su madre solía comprar cuando ella era chica. De hecho, ya casi no podía recordar el verdadero sabor de aquella bebida, pero sí sabía que no se parecía casi en nada a aquello.

Trató de dormirse. Hacía tiempo, varios días, que no tenía el descanso que su cuerpo y su mente le pedían. Pero ya sabemos cómo funciona la mente humana en esos casos: mientras más hace uno el esfuerzo por dormirse, menos lo consigue. Se puso a pensar, entonces, a repasar lo vivido en estos últimos días. Una sucesión de hechos que ni la febril imaginación de un escritor pasado de psicotrópicos podría haber podido pergeñar. “Bah”, pensó. “Al fin y al cabo, ¿qué parte de esta realidad artificial, sintética, deformada podría haberse imaginado alguien?”.

Recordó cuando, días atrás, recibió el mensaje de su superior en su comunicador personal. Un mensaje difícil de ignorar puesto que, por tratarse de su jefe, era transmitido directamente a sus pupilas. Tuvo que salir inmediatamente hacia la oficina central: trasladarse de un punto a otro de estas urbes desproporcionadas seguía siendo todo un desafío, pese a los avances que se habían implementado en cuanto a transporte masivo.

 

Estas cuestiones de “alto secreto” siempre le habían dado mala espina. Jürgen, su superior, no había querido adelantar nada en la comunicación. Insistió en que los detalles le serían revelados una vez que se encontraran cara a cara.

- “La puta madre”, pensó. Hacía ya casi diez años que María integraba la Unidad de Investigaciones Especiales, y sin embargo su jefe no parecía aún confiar plenamente en ella. Algo que quedó prácticamente descartado cuando finalmente llegó al despacho:

- Sentate, María. Te llamé específicamente a vos porque estamos ante un asunto muy delicado.

- ¿Terroristas anti-humanos otra vez? –trató de anticiparse María.

Jürgen se tomó su tiempo. Miró otra vez por sobre el hombro de María para asegurarse que no hubiera nadie fisgoneando.

- Aliens…

María hizo el esfuerzo, pero no pudo evitar que le escapara una sonora carcajada, de esas que retumban en la sala.

- Es una joda, ¿no?

Inmutable, el jefe continuó, como si estuviera monologando.

- Empezamos obteniendo unas lecturas que nos llamaron la atención en el flujo de tráfico aéreo… rastros térmicos desde y hacia la parte externa de la atmósfera –bueno, lo que queda de ella-. Nuestros expertos piensan que puede tratarse de una tecnología de camuflaje lo suficientemente avanzada como para que no la detectemos. Todos estos rastros confluyen en una plataforma marina en desuso. Queremos que vayas a ver qué pasa.

- “Tiene sentido”, pensó María. Si alguien quiere reunirse u operar sin levantar sospechas, las viejas plataformas marinas son el lugar ideal, desde que la totalidad del espacio terrestre está dividido entre espacio habitable (las infames hiper-ciudades), y los espacios destinado a la extracción/producción de recursos. Ya no existían, por ejemplo, aquellas maravillas turísticas naturales de la antigüedad. Sólo las réplicas en miniatura que podían visitarse en los sectores más exclusivos de las ciudades, a los que obviamente sólo los ciudadanos más privilegiados podían acceder.

 

De todas formas, pensar que estos indicios significaban la presencia de seres de otro planeta parecía, como mínimo, apresurado. Está bien que la investigación espacial era actualmente nula, puesto que la mayoría de los recursos científicos estaban puestos en asegurar la supervivencia de la especie humana; por lo que la existencia de vida en otros planetas seguía siendo un misterio. Pero, de ahí a que de la nada aparecieran aliens… era mucho.

Después de pasar por la armería y abastecerse, María seteó en su nave las coordenadas de destino, y partió. Estaba ya acostumbrada a estas misiones solitarias, confidenciales. Sabía que su situación –el no tener familia de ningún tipo- era la ideal: en caso de que algo saliera mal, cualquier registro de ella o de su actividad sería completamente eliminado.

Como ninguna precaución era demasiado, decidió dejar su nave a dos kilómetros del objetivo, en el mar, y llegar a nado hasta la plataforma; la cual a primera vista aparecía como se suponía que estaba: abandonada. Como su entrenamiento se lo indicaba, recorrió primero el anillo exterior, desde afuera, para luego incorporarse e ir barriendo la superficie en forma espiralada hacia adentro.

 

Todo parecía vacío, hasta llegar a la puerta marcada con un número 14. Un número que no iba a olvidar en su vida, porque mucho menos aún olvidaría lo que sucedió después. Al atravesar el umbral descubrió lo que nunca esperaba ver: una criatura de unos dos metros de alto, manipulando una especie de máquina que parecía una combinación de material orgánico y tecnológico. La criatura, de una piel grisácea y de apariencia viscosa, se asemejaba bastante a una forma antropomórfica, pero con piernas notablemente más cortas y la cadera más baja, lo que daba lugar para que en torso cupieran dos pares de brazos, uno arriba del otro. No parecía tener cabello de ningún tipo, las protuberancias que compondrían su columna vertebral escapaban por fuera de su piel, y aunque no llevaba vestimenta, estaba circundado por un halo de energía dorada. El shock duró unos cuantos segundos, hasta que María reaccionó y sacó su arma. Instintivamente, seguramente por el tamaño de la criatura y la impresión que le causaba, la ajustó en máxima potencia. Sin embargo, no pudo accionarla, y tampoco dar la voz de alto. La criatura dejó de prestar su atención a la extraña maquinaria, y se giró, sin apuro, para quedar frente a ella. El pánico se apoderó definitivamente de la agente: no podía moverse, ni emitir sonido alguno. La criatura levantó una de sus manos, y el arma de María se desplazó inmediatamente a lo que sería su palma, rodeada por un sinfín de diminutos dedos. La contempló por un segundo, luego del cual la pistola se deshizo en cubos y se incorporó a la estructura de la misteriosa máquina, a la cual la criatura le daba ahora la espalda.

- “Qué loco”, pensó María, aún dentro del estado de total consternación en el que se encontraba. “Tanto tiempo especulamos cómo sería el rostro de los extraterrestres, para ahora darnos cuenta que no tienen”.

La parte del cráneo donde en los humanos estaría la cara era, en cambio, completamente lisa. Ni ojos, ni orejas. Ni siquiera boca o un orificio nasal. Todo era completamente liso, recubierto con la misma piel gris y viscosa del resto del cuerpo.

- “No esperaba que ninguno de los habitantes del planeta nos encontrara”, sintió, de repente, directamente en su mente. No percibió sonido alguno, no había un tono ni timbre de voz, así que asumió que de eso se trataba la telepatía. Quiso contestar, pero seguía sin poder reaccionar físicamente.

- “No te preocupes, no voy a hacerte daño. Sería un esfuerzo innecesario, a esta altura. Seguramente te estás preguntando qué soy, y que estoy haciendo aquí, en tu planeta. Voy a contarte para que tengas comprensión del destino que les espera”.

En este punto, el pánico se apoderó completamente de María, a lo cual la angustia de no poder moverse sólo contribuía a empeorar. De repente, sintió una sensación de alivio, de serenidad. No supo a qué obedecía, pero una vez calmada lo atribuyó al control que el visitante estaba ejerciendo sobre su cuerpo.

- “Soy el último integrante de una misión de avanzada. Nuestro objetivo es visitar cuerpos celestes remotos, y evaluar los beneficios que puede acarrear para nuestro sistema su posible ocupación y colonización. Nuestra principal búsqueda está orientada a la obtención de recursos: nuestro sistema planetario está en constante expansión y precisamos de más recursos que los que podemos generar en los planetas que habitamos”.

- Qué casualidad –pensó María en su actual estado de serenidad. La proclama de la criatura se asemejaba casi exactamente a lo que había aprendido en los informes históricos, del tiempo cuando el planeta estaba aún dividido en naciones y las más poderosas invadían a las menos avanzadas para saquear sus recursos.

- “Comprenderás que, teniendo la capacidad técnica de venir a realizar nuestra misión sin ser detectados, y de poder transportar todos los recursos necesarios a nuestros planetas de origen, a miles de lo que ustedes llaman ‘años luz’ de distancia, la invasión del planeta no habría significado realmente un obstáculo. De todas formas, como te dije antes, no debes preocuparte. Al menos no por nosotros. De hecho, estaba ultimando los detalles para mi re-localización cuando llegaste. A través de los análisis que nuestros informes generaron, se llegó a la conclusión de que su planeta no reviste para nosotros ninguna utilidad. Los recursos que podríamos emplear se encuentran actualmente tan sobre-explotados que no ameritan siquiera el esfuerzo de realizar la invasión y proceder con el transporte del material necesario”.

 

Cuando volvió en sí, María estaba nuevamente al aire libre, sobre la plataforma. Ya había caído la noche sobre la bóveda celeste, y se quedó allí un segundo, impactada por la luz de las estrellas. Hacía tanto que no las veía… obviamente la luz artificial de las hiper-ciudades impedía que su reflejo llegara hasta las personas que ahí habitaban. Luego de ese momento de nostalgia, corrió desesperadamente hacia la puerta 14… para no encontrar nada detrás de ella. Sólo una habitación vacía. Ni siquiera la suciedad o el herrumbre que podría encontrarse en un lugar abandonado hace años.

Volvió hacia su nave, nadando tan rápido como nunca lo había hecho. En el camino de regreso a las oficinas centrales, tomó la determinación que en este momento, tirada sobre su cama, con sus ojos abiertos, la atormentaba.

En realidad, no era ciertamente la decisión de no contar nada de lo sucedido a Jürgen, su superior, lo que la perseguía, lo que le impedía conciliar el sueño. Eran las últimas palabras que la criatura le había comunicado, antes de caer en la oscuridad que precedió a su despertar sobre la plataforma:

- “Para que tomes una cabal dimensión de lo sucede en este planeta, voy a emplear un término relacionado al que, según nuestros relevamientos, es uno de los juegos más conocidos para su especie: están en tiempo de descuento”.

 

 

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