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CINE

La ciudad nos da una sensación de seguridad muy simple. Tenemos vidas que están enmarcadas dentro de un recorrido, una rutina, un trabajo, una familia. Y todo eso con el refuerzo de lo que socialmente llamamos orden, civilización, ley o como cada uno quiera etiquetarlo. Establishment. Status Quo. Todos caen dentro del orden de generar una sensación de seguridad, de que todo va a cumplirse de la misma forma cada día, cada semana y cada momento. Quizás las vacaciones son, para el asalariado promedio, ese escape disruptivo que necesita para poder sentirse menos engranaje y más humano. E inclusive los viajes, las acciones sin planificar y la falta general de orden y control son, un poco, ese retorno a la comodidad de la libertad, esa palabra que se añora pero no se toca o se araña pero no se deja atrapar.

 

Sin embargo, inclusive dentro de las vacaciones, los viajes planificados y todos los escapes del mundo hay planes y expectativas. Y cuando éstas no sólo no se cumplen, sino que surgen otros eventos, situaciones y crisis inesperadas el pánico entra a raudales y solamente queremos volver al comfort de lo conocido, a los límites que nos cobijan pero, sobre todo, nos contienen sin ningún problema. Tobe Hooper entendió perfectamente esto al narrar The Texas Chain Saw Massacre, entre muchos otros elementos que componen a los ejes principales de un género tan fácilmente clicheable como es el terror. El retorno a lo conocido, a la rutina y a la civilización es la conclusión lógica de querer escapar de una experiencia, por lo menos, traumática.

 

The Texas Chain Saw Massacre explora un montón de tópicos que coinciden en las fobias que están instituídas en la cultura de masas, y estira, como la máscara que usa Leatherface, los prejuicios y los estereotipos. Estamos en un período de sequía y desempleo, de crisis económica y social. La guerra de Vietnam ya está llegando a su fin y la gente, harta de muchas cosas que se anunciaron y nunca llegaron, deja colgando en el patio el cadáver de la conformidad. Nuestros protagonistas viajan sin saberlo por un lugar donde la tradición tuvo una raíz y se secó, pero los hábitos persisten.

 

La trama parece bien simple: un grupo de amigos y conocidos emprende un viaje para ver qué pasó en el pueblo donde están enterrados los antepasados de uno de ellos, ya que supuestamente las tumbas han sido saqueadas. Aprovechando para meterse estado adentro y revisitar algunos lugares, van alejándose y aislándose cada vez más hasta el punto en el que, al levantar un autostopista que prueba estar un poquito salido de sus cabales, deben lanzarlo fuera al medio de la nada. Las opciones empiezan a reducirse a encontrar el lugar que buscaban, cargar nafta y tomarse el palo, pero los lugares que buscan terminan lejos de lo que las expectativas marcan. En un lugar que parece literalmente un desierto encontrar una casa familiar habitada puede parecer esperanzador.

 

La familia monstruosa ataca directamente a todas las nociones en las que confiamos: que la gente que vive bajo los preceptos que nosotros también tenemos puede ser confiable, y así es como la mayoría de las víctimas de esta película entra con la guardia baja a la guarida de estos muchachos. Ex trabajadores de vieja usanza en un matadero que ahora está automatizado, la familia no pudo dejar generaciones de matar animales atrás y, mucho menos, el desempleo generado desde ese lado. La matanza de pobres diablos que terminan en el lugar equivocado del camino ha generado en ellos una costumbre que no sólo llena sus estómagos, sino que no parece perturbarlos en absoluto. Hay, en toda la familia, cierto regocijo en lo monstruoso que se ha recogido en las versiones de remake y extendido un poco más allá de lo que originalmente se pretendía: la normalización de lo anormal llega a límites atroces, como que por ejemplo Leatherface mate a martillazos a un muchacho y empale a su pareja, todavía viva, faenando el cadáver del pibe delante de una chica agonizante. Para la familia es comida, no gente la que viene a visitarles, y hay que tratarlos de la manera más efectiva posible para evitar llamar la atención a fuentes no deseadas.

 

Los temas que se desprenden son montones, pero una última nota a tener en cuenta es que la versión a la que hacemos referencia, la original de 1974, carece de violencia explícita en cámara. Más allá de lo sugerido y lo mostrado en las escenas de persecución y asesinato, The Texas Chain Saw Massacre sienta unas bases más bien sólidas desde donde construir todos los castillos de gore que se pueden armar desde aquí en adelante. Porque si algo queda evidenciado es que lo que horroriza es el acto en sí, y no la expresión del mismo en cámara. Es más terrorífico ver un hombre de traje, con una máscara hecha de piel humana y con una motosierra en manos, corriendo a una chica que intenta salvar su vida, que conocer el proceso por el cual faena a los que caen en sus garras. El matadero que es la casa familiar es horroroso, pero el hecho de que toda una familia acepte el canibalismo y lo incorpore a su rutina puede ser más escalofriante que la muerte más sanguinolenta. Y estamos hablando de una película centrada alrededor de una motosierra, eh.

Reseñas Negras

por El negro viglietti

The Texas

Chain Saw

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