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CINE

La nostalgia es un boxeador que pega abajo del cinturón. No tiene problemas en ser como ese personaje que interpretara Brad Pitt en Snatch, el gitano que se comía golpe tras golpe pero que te tumbaba poniéndote una mano o dos en la cara. La nostalgia se ríe y se levanta por más que la castiguemos con todo lo que tenemos, va a seguir bailando, lista para tirarnos los dientes de un golpazo sin asco.

 

No extraña, entonces, que muchos grupos de laburantes en medios audiovisuales (una de las formas de entretenimiento más populares hoy día) la recluten entre sus integrantes para conformar todas las formas que la ficción adopta hoy por hoy. Un estilo de laburo, una paleta de colores, una playlist que parece sacada de un boomerang se suman a la interminable lista de formas que la nostalgia puede adoptar, siempre apuntando a fórmulas reproducibles de otros casos de éxito. En un mundo donde los perfiles online permiten entregar un producto hecho a medida (masivamente a medida), la ilusión de complicidad entre audiencia y productor se puede homologar en ir a ver un mago hacer su espectáculo en un teatro. Uno sabe que lo que está viendo es ilusión, y sin embargo acepta el truco e intenta dilucidar cómo lo hizo.

 

Atomic Blonde es una sumatoria de casos de éxito, casi como si la ficción de espías tuviera que cumplir con una serie de requisitos que la hacen indispensable entre las películas de acción. No es un cinturón ajustado de premisas tontas y huecas, pero Lorraine Broughton está bastante lejos de, por ejemplo, un Eggsy en Kingsman (que juega hábilmente las cartas para no caer en un Austin Powers pero sin ser todo lo solemne que un James Bond requiere). Está bien, son dos vertientes radicalmente diferentes dentro de un mismo género, pero a lo que refiero justamente es hacia qué lado se escurre la sangre. Con la ficción de espías hay que ver qué tanta bola se le da a la foto grande, al cuadro completo, al quilombo de fondo y actuar en consecuencia. Por eso Atomic Blonde se acerca más a Mission Impossible que a cualquier drama a lo Disney donde los buenos son los aliados y los reminiscentes del eje son los malvados.

 

En una estética grim and gritty que conecta un poco con la historieta en la que está basada, Atomic Blonde es una película con la necesidad de sobreexplicarse, lo que la hace parecer que fue adaptada para tontos desde una fuente muy genuina. La verdad es que The coldest city (el comic en el que está basado) no tiene una integridad tan densa como para hacerse recordable, pero cumple su rol como una pieza de narrativa bien colocada. Casi como esta película.

Reseñas Negras

por El negro viglietti

Atomic

Blonde

Una Charlize Theron predecible no hace una interpretación menos majestuosa de Lorraine Broughton, una espía al servicio de su majestad que es enviada a Berlín en la semana que se desatan los conflictos que van a llevar a la deposición del tan nefastamente célebre muro. Lo que genera tensión es que hay un espía británico muerto que tenía en posesión o sabía de una lista larguísima con los nombres de todos los espías activos durante la guerra fría, lista que, si ve la luz, prolongaría la tensión entre los dos bloques y la guerra durante muchísimos años más. Además, se sospecha que hay un doble o triple espía trabajando en Berlín, por lo que ella tiene que introducirse en una ciudad asfixiada por la ocupación, la miseria y el hambre para poder desentrañar la conspiración. Un James McAvoy hace de aliado ocasional y araña social ocasional que infunde la dosis necesaria de humanismo y bananez a una fachada que de otra forma sería de mármol.

 

Las secuencias de acción están bien orquestadas y la dirección en general no es para nada mala, brillando las actuaciones de todo el elenco y el cuidado en ciertos rasgos estéticos. Construyen un clima de intranquilidad y tensión que, como el muro, tiene que caer tarde o temprano. Es inevitable caer en lugares comunes porque el meollo de la cuestión es un lugar común grande como Constantinopla, pero a grandes rasgos es una película sumamente disfrutable que habla en varios idiomas a esa necesidad de interpretar por sobre las palabras que se dicen que comparten el cine y los espías.

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